Catarismo y misticismo. Segundo día por tierras francesas. (PARTE III)

Día 2 por tierras francesas. Intentamos levantarnos lo más pronto posible, nos tomamos un buen desayuno y nos aseamos y nos dirigimos hasta el coche. Tan solo tenemos que descender una pequeña rampa que hay en la puerta trasera de los apartamentos, pero al bajar... pista de patinaje. El suelo helado. Llegamos al coche... los vidrios congelados. Viva y bravo. Pues nada... a rascar. Son las 9.30h y allí estamos... rasca que rascarás. Finalmente conseguimos que se vea algo a través de las lunas, por lo que decidimos arrancar.

Parada obligatoria para hacer una foto poco original

Limoux
Próxima parada: Limoux.  Vamos hasta allí por el mero hecho que va de camino hasta los castillos cátaros, y porque tiene río, y porque su catedral es graciosa. Al llegar allí nos encontramos con un mercado típico navideño, pero nos hemos despertado antes que los franceses y aún está cerrado. Visitamos la catedral y damos una vuelta por la ciudad, además de tomarnos unos croissants. Hay una iglesia convertida en museo de la música pero, claro... está cerrado. Vaya. Nada. Nos subimos de nuevo al coche y vamos hasta Alet-les-Bains porque tienen una abadía derruida, y ya que estamos de paso, pues la visitamos. Estaba cerrada - ¡qué me dices! - pero igual podías entrar en el cementerio y ver alguna cosa. 


No conseguimos llegar al centro de la localidad – ignorantes nosotros – que parece ser bastante bonito, pero como además teníamos un poco de prisa, nos dirigimos ya a Rennes-le-Château. Capricho mío. Me leí El código DaVinci cuando iba al instituto – y nadie lo conocía – y me hacía especial ilusión pasarme por allí. Después de haber leído en bastantes sitios que antaño – no hace tanto – el pueblo se había llenado de visitantes y buscadores de la Sangre Real, hoy parecía ser una aldea más con una historia peculiar. La historia, la verdadera, es la del abad Saunière, que llega allí con una mano delante y otra detrás, y muere forrado hasta las trancas. La leyenda dice que es gracias a unos escritos que encontró en un pilar de la casi derruida iglesia de la localidad, que posteriormente el rehabilito y reconstruyó con mucho mimo. Esos escritos, siguiendo con las suposiciones, revelaban un secreto secretísimo que se supone que iba a desmoronar todos los cimientos de la humanidad. La iglesia, consagrada a Santa María Magdalena – ¡Oh! – es de las pocas que existen con estas características y, además, el señor abad construyó también una torre... llamada Magdala. La historia se mezcla con lo imaginario – o lo no probado... – y resulta que este abad se llevaba muy bien con su “empleada del hogar” – digámoslo así – y viven los dos casi como pareja. El abad empieza a recibir visitas de peso, y viaja muchísimo a París... bueno, que muere – obviamente – forrado, y el día que estaba ya escrito. Y claro está, con él muere el secreto, o eso se piensa. La cuestión es que aquél lugar nunca más vuelve a ser el mismo – hasta los nazis van allí a investigar y buscar tesoros y demás paranoias. La cuestión es que la zona donde se encuentra Rennes-le-Château es una zona que históricamente siempre ha estado vinculada a cuestiones más bien extrañas – y no me preguntéis porqué, yo no vi nada raro y hay incluso una tumba donde pone algo de Arcadia por allí y alguna cosa más que dejo que descubráis vosotros si es que os pica la curiosidad. Bueno, que con esta excusa tan grande hago ir a todos al pueblo para ver eso, y también la pila que hay en forma de demonio al entrar a la iglesia. Se puede hacer un tour por la torre, también por la casa donde vivía el abad y su amiguita y alguna cosa más. Nosotros dimos una vuelta por las rampants y visitamos la iglesia. No nos encontramos con descendientes de Jesucristo – si es que realmente existió – ni nada parecido. Ahora bien, disfrutamos de las vistas que no veas. Porque otra cosa no tendrá – que sí que tiene – pero lo que son vistas... buah. Se estaba acercando la hora de comer y teníamos que llegar, al menos, hasta uno de los dos castillos cátaros que teníamos pensado visitar ese día: Peyrepertuse y Queribús. Lo único que sabíamos es que el uno del otro distaba 4 km, el primero que encontrásemos, sería el que visitaríamos.







(fotos superiores: Alet-les-Bains. Fotos inferiores: Rennes-le-Château) 



Esto no son maneras de manjar.
Continuamos por esas carreteras cuaternarias fantásticas francesas, que no están mal, pero son muy estrechas, y con curvas... muy divertido todo. Nos encontramos con un coche en todo el trayecto, y no sabíamos si el GPS nos estaba tomando el pelo o aquello era normal. Ahora bien, a finales de diciembre, pues no hay mucho friki suelto dando tumbos por la Francia profunda. Finalmente creemos divisar a lo alto – muy a lo alto – una construcción que asoma entre la bruma... pues será eso el castillo. Seguimos al GPS y llegamos al pueblo de Duilhac-sous-Peyrepertuse, pero el castillo está encaramado en la cima de la montaña. Continuamos por la carretera – está bien señalizado, además con el GPS no tiene pérdida – hasta donde podemos, esto es, los pies de la subida del castillo. Allí hay algunos coches aparcados – por fin civilización –, por lo que aparcamos nosotros también. Exploramos la zona; hay una garita donde se compran las entradas, un mirador que sale de la montaña y un lugar para descansar. Cogemos nuestras bolsas con la comida y hacemos una sentada hippy allí mismo. Los franceses, como son más hippys que nosotros, pasan de nuestra cara y nadie se extraña de que cuatro frikis se sienten allí mismo y empiecen a cortar pan y tomates y se coman una ensalada de arroz del mismo plato.




Hermosa subida
Terminado el manjar, recogemos todo y guardamos los sobrantes en el coche y vamos hasta la garita para comprar las entradas. Los pases de los castillos cátaros son caros – muy caros – pero hemos ido hasta allí para eso. Cuando vamos a comprar, nos preguntan si tenemos carné de estudiante. Yo digo que sí, y mi cuñada también. Aparecen mi hermano y mi novio, y les hace también descuento, aunque Juanjo lo tiene caducado – a los opositores no les dan carné por nada – y mi hermano no tiene nada del conservatorio que lo acredite les hacen igualmente el descuento. La cuestión, nos ahorramos unos cuantos euros, acabamos pagando 5 euros por cabeza, que sacamos del bote en común. Allí nos dan unos planos del castillo con una explicación reducida sobre el mismo, su historia, etc, y nos dirigimos a emprender la subida. Tenemos como 20' hasta la primera parte del castillo. Seguramente no será tanto de normal, pero nosotros nos detenemos cada dos minutos a observar, disfrutar... o hacer estupideces.  

Al final conseguimos llegar a la cima. El castillo está dividido en dos partes, de la inferior se tienen unas vistas espectaculares, pero de la superior... aquello es brutal. Y si no... mirad:





Después de pasar un buen rato en el castillo, subiendo, bajando, investigando y disfrutando de las vistas, nos fuimos hasta el castillo de Quéribus, a unos pocos kilómetros de done estábamos.


Queribús es importante por ser el último bastión cátaro en caer ante las cruzadas contra los bons hommes y, además, tiene su torre muy bien conservada. Nos divertimos bastante visitándolo ya que el estar allí solos, sin nadie más, oscureciendo... Fue bastante original. Debo decir que, otra vez, las vistas desde este castillo son una pasada:

Canigó
Nos íbamos quedando sin luz, y era hora ya de marchar otra vez a la sede central carcasonaise.

Le dijimos al GPS que nos llevase hasta Carcassonne, y como el señor tenía el modo ruta corta puesto... pues nos llevó por el camino con menos km - 4 menos... - pero que nos costó más de dos horas. Bien... que nos reímos... sí... una aventura extraña. 
Finalmente llegamos a Carcassonne sobre las 8 de la tarde, queriendo comprar algunas cosas para el día siguiente pero... ¡oh! estaba todo cerrado - grandes supermercados incluidos. Así que nada... mañana sería. Ahora tocaba descansar... nos habíamos dado buena paliza ese día.



Toda esta ruta fueron 183km y un total de 4h 35'.

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