Fin de año Castellanoaragonés (Parte III)

1 de enero de 2015. Atrás quedan aquellos años en los que te despertabas destruida porque la noche anterior te la habías pasado bailando. Ahora estas destruida de tanto andar por calles de piedra y ascender a altas lomas para disfrutar de fortalezas y castillos.



Nos arreglamos, y después de un buen desayuno, hacemos maletas, cargamos el coche y nos disponemos a visitar las montañas que llevamos viendo desde que hemos llegado a Soria: los Picos de Urbión.

Salimos a una de las arterias principales de la ciudad y nos encontramos con gentes que todavía no se han acostado. Salimos de Soria y el paisaje empieza a cambiar de nuevo: pinos y valles que en primavera deben ser muy verdes; los pastos están siendo atacados por ganados de vacuno. Adelantados algunos kilómetros nos encontramos con el pantano que parece un mar. No es de extrañar que a los Pinares Altos la llamen la Suiza española. Dejamos Vinuesa a la izquierda y continuamos por la carretera, que parece estar en condiciones, de modo que subimos tranquilos. Al poco rato el firme de la carretera empieza a cambiar, y la nieve se asoma tímidamente entre los pinos. La cosa se va complicando, y en una curva nos encontramos una señal que nos avisa: en 400m puedes hacer un cambio de sentido, y allí te permiten aparcar. Si subes más arriba, eso ya es cosa tuya. Hacemos el cambio de sentido, pero es en vano, porque a Aristóteles nos lo pasamos por el forro y decidimos ser temerarios, así que continuamos la ascensión. En menos de un kilómetro dejamos la temeridad y aparece la prudencia, más que cobardía, y decidimos aparcar. La carretera está llena de hielo, y hay un coche allí aparcado, en el llano de una curva. Bajamos del coche y emprendemos el camino a pie. Cada vez hay más hielo en la carretera que empieza a convertirse en nieve. La subida es bastante fuertecita, no sabemos cuanto nos queda porque no tenemos un punto de referencia, y tampoco tenemos demasiado claro que aquél sea el camino. De todos modos, decidimos continuar ya que aquello es precioso.





La nieve convertida en agua forma riachuelos por la ladera del monte, entre pinos y cantos rodados. El aire puro y la paz que allí se respira son terapéuticos. La subida se hace en algunos puntos difícil, porque todo es hielo o agua, pero no pasa nada, sarna con gusto no pica.
  










Llegamos a un alto y allí nos encontramos con un parking, en el que hay un coche – no entendemos cómo ha llegado hasta allí – y una valla, además de algunas casetas. Nos indica que nos quedan 2 km. Pues nada... a andar se ha dicho.









El paisaje aparece cada vez más nevado y, porque no decirlo, nos estamos divirtiendo un montón, Llegamos finalmente a lo alto, vemos el panel que indica que estamos ya a los pies de la Laguna Negra.





Escasos 200 metros son los que nos separan del lugar en el que Machado imagino la tragedia de Alvargonzález. Un bello sendero nos conduce hasta unas escaleras de piedra que están totalmente heladas.  





Juanjo va por delante de mí por varias razones, la principal, porque soy un pato y siempre tengo que ir con mucho cuidado. Así, él llega primero a la laguna y escucho un sonoro “HUALA”. Cuando consigo asomarme finalmente, quedo impresionada: un panel blanco, rodeado de piedra y pinos aparece frente a nosotros.





Rodeamos la laguna, empapándonos de esa belleza natural tan increíble. Estamos totalmente solos, por lo que la magia es todavía mayor. En algunos lugares se escuchan unos blup blup fantásticos que bien podrían inspirar para escribir una historia de miedo. Se oyen crujidos, el hielo está vivo y a medida que el sol lame la superficie del glaciar éste se despierta y despereza.


















No vemos el momento de volvernos, pero se nos está haciendo tarde y tenemos que marcharnos. Es en ese momento cuando empezamos a encontrarnos con gente, y a medida que deshacemos el camino más y más personas suben, preguntándonos si les queda mucho para llegar. A algunos les decimos que 30 minutos y se quedan pasmados, por eso se paran y nos preguntan si vale la pena subir... qué cosas dice la gente ¡pues claro! Otros se alegran que ya no les quede tantos, y los menos deciden dar media vuelta y marcharse, 4 km son demasiados para ellos.

Cuando llegamos finalmente al coche, vemos que aquello está lleno de vehículos aparcados por la ladera del monte... menos mal que nos hemos levantado pronto.

Paramos en Vinuesa, pueblecito que nos sorprende. Tiene los muros de piedra, las calles de piedra. Las casas muy bien arregladas y una iglesia enorme allí, abierta, en la que puedes entrar y comprobar que es tan castellana como todas las demás. Sólo le veo un defecto, en la fachada del Ayuntamiento, pero eso es harina de otro costal. Nos decimos que no nos importaría vivir allí, y seguimos paseando, sin más, disfrutando de sus calles.










Salimos de Vinuesa reconfortados y nos dirigimos hacia Ágreda, a los pies del Moncayo. Será la última localidad soriana que visitaremos, después de ella pasaremos los días que quedan en Aragón.

Volvemos a tener el monte mágico bien cerca, muy nevado, y antes de llegar a lo alto de una loma donde pararemos a comer, vemos a lo lejos, muy a lo lejos, unos montes puntiagudos, nevados, trazados a lo largo de todo el horizonte: son los Pirineos.

Paramos a comer en una zona de descanso y, aunque hace sol, las brisas del Moncayo se presentan contundentes.

Llegamos a Ágreda, y nos tomamos un café. Ágreda es más o menos bonito, tiene sus cosas, pero no demasiadas. Como nos pasó el día anterior con Almazán, después de todo lo visto, nos sabe a poco. Aún así, no dudamos en recorrer sus calles y buscar sus cosas bonitas, que también las tiene.

  






Saliendo de Ágreda los Pirineos siguen asomándose, majestuosos, mientras el Moncayo va dejándose atrás. Las vistas son cautivadoras, te llenan el espíritu y te hacen sentir bien pequeña. El contraste de terrenos es alucinante: desde el rojo de la frontera entre Castilla y Aragón hasta los picos encrespados de la frontera natural pirenaica. No puedes más que pensar, en ese momento, que el hombre puede hacer cosas grandes y maravillosas, pero nunca llegarán a ser tan majestuosas como aquellas que la naturaleza ofrecen.

Bajamos metros, más de 400, y cruzamos la frontera entre territorios administrativos, aunque los cambios no sean tan evidentes ya que, si no fuera porque lo dice en la entrada del pueblo, bien podríamos decir que Ágreda forma parte de Aragón. Y es en Aragón donde ahora nos encontramos, y aparcamos en Tarazona, ciudad que ya visitamos hace 3 fines de año – el incio de esta gran aventura. Nos disponemos a redescubrir la ciudad, esta vez más tranquilos, y a la luz del día. Y es esta misma luz la que nos confirma que de noche todos los gatos son pardos. Vemos ahora la Tarazona desnuda, que en su parte alta está triste, deprimida, porque se cae a trozos, herida, y nadie la rescata. Aún así, esa misma parte alta es buena con nosotros y nos brinda unas hermosas vistas de la ciudad que no queremos para nada despreciarle.





Paseamos por sus calles, y nos perdemos, porque para eso hemos ido lejos de casa, para perdernos. Vemos algunas cosas que no nos gustan, pero muchas otras que sí, por eso queremos apreciarlas más aún si cabe.







Acabamos llegando a la Plaza Mayor o del Mercado, con el Ayuntamiento, edificio del s.XVI y fachada renacentista que fascinó a Bécquer y que no duda en describir el conjunto en su carta 5 desde su celda.


Entre los muchos sitios pintorescos y llenos de carácter que se encuentran en la antigua ciudad de Tarazona, la plaza del Mercado es sin duda alguna el más original y digno de estudio. Parece que no ha pasado para ella el tiempo que todo lo destruye o altera. Al verse en mitad de aquel espacio de forma irregular y cerrado por lienzos de edificios a cual más caprichoso y vetusto, nadie diría que nos hallamos en pleno siglo XIX, siglo amante de la novedad por excelencia, siglo aficionado hasta la exageración a lo flamante, lo limpio y lo uniforme. Hay cosas que son más para vistas que para trasladadas al lienzo, siquiera el que lo intente sea un artista consumado, y esta plaza es una de ellas. Adonde no alcanza, pues, ni la paleta del pintor con sus infinitos recursos, ¿cómo podrá llegar mi pluma sin más medios que la palabra, tan pobre, tan insuficiente para dar idea de lo que es todo un efecto de líneas, de claroscuro, de combinación de colores, de detalles que se ofrecen juntos a la vista, de rumores y sonidos que se perciben a la vez, de grupos que se forman y se deshacen, de movimiento que no cesa, de luz que hiere, de ruido que aturde, de vida, en fin, con sus múltiples manifestaciones, imposibles de sorprender con sus infinitos accidentes ni aun merced a la cámara fotográfica?

Pienso en ese momento que, si tal vez la hubiera visto hoy en día esta plaza, ese escrito nunca se hubiera parido (confieso, a modo de redención, no haberlas leído, pero las tengo aquí preparadas para deleitarme con ellas).





Terminamos de perdernos por sus calles judías y acabamos de nuevo en el río, que nos brinda el maravilloso espectáculo de un atardecer a los pies de la ciudad de Tarazona, que despierta a la vez amor y odio, y que no deja indiferente, porque tiene un algo especial que no puede describirse y que, como mucho mejor que yo dijo ya Bécquer, hay cosas que deben vivirse para poder entenderse, y disfrutarse.






Después de algunos kilómetros, paramos en Alagón para repostar, el gasóleo allí está a 0,96 y cuanto menos paguemos, más podremos hacer. Acabamos nuestro día en lo que será nuestro alojamiento las próximas dos noches: el Monasterio de Rueda, en la Ribera Baja del Ebro. Llegamos allí y nos sorprendemos, es inmenso, maravilloso, fantástico. En aquél momento decidimos bajar el ritmo del viaje y disfrutar del lugar en el que vamos a hospedarnos, qué menos. Acomodados ya, cenamos algo y descansamos, porque para el día siguiente tenemos pensado viajar en el tiempo 2000 años atrás.

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