Fin de año Castellanoaragonés (parte IV)

Hoy no nos hemos puesto el despertador. Aún así, nos levantamos temprano, aunque vamos sin prisas. El lugar en el que estamos alojados espara disfrutarlo, se respira una paz infinita. Si abres la ventana, escuchas el murmuro del Ebro y algunos pájaros cantando, nada más. Es una delicia abrir los ojos por la mañana y darte cuenta que en toda la noche no has escuchado nada más que tus propios sueños... Tras los sueños ponemos rumbo a  Lépida Celsa, el asentamiento romanomás importante de la zona hasta la fundación de Cesáreagusta.

Lépida Celsa está en Velilla de Ebro, localidad que se encuentra en la misma comarca en la que está el Monasterio de Rueda, que perteneciendo a la localidad de Sástago, está mucho más cerca de Escatrón. Se trata de la Ribera Baja del Ebro, y los pueblos están todos abrazados por las curvas del río que discurren sinuosas hasta llegar al Delta, allá por la zona sur de Catalunya.

Hasta Velilla no tenemos mucho tramo, y discurre todo siempre acompañado por el río, imponente y majestuoso. Velilla es un pueblo pequeño, y suponemos que su nombre viene por estar tan arriba y verse desde ella toda la ribera del río – suponemos también que es por eso que los romanos eligieron ese lugar para asentarse, por la panorámica del territorio. Velilla es un pueblo pequeño, tiene una ermita, allá en lo alto, con unas campanas que gozan de ser dueñas de una leyenda: les daba por repicar solas, y entonces era que algo malo pasaba. Detrás de esta ermita aparece un campo, ladera arriba, extenso, pero curioso. Allí empezamos a encontrarnos con piedras, muchas piedras, que resultan ser la calzada romana. Nos topamos primero con la parte nueva del asentamiento romano, el eixample de la época. Según nos cuenta el panel, allí había una casa... ¡pero qué casa! Nos la imaginamos y pensamos que en aquel lugar debiera vivir el rico del pueblo... Seguimos explorando, caminando por esas calles que fueron construidas hace 2000 años, y sentimos como la fuerza de la historia aferra nuestros pies al suelo. ”Aquí había una posada”, nos dice un panel informativo que pusieron hace años... Continúan los paneles, viejunos y resquebrajados, maltratados por el sol y el viento, contándonos que la parte primitiva del poblado es el que está a la derecha del mismo y que allí había panaderías, y carnicerías, y las casas de las gentes que allí vivían. Después la ciudad acabó extendiéndose ladera abajo, porque ya no cabían en el asentamiento original.



Bajo un techo translúcido encontramos otra casa, de otro rico suponemos, por sus dimensiones y sus muchas habitaciones. Es la casa de los delfines, nos cuenta el panel, llamada así por los bellos mosaicos que decoran el suelo. Ante nosotros sólo encontramos un montón de gravilla dispuesta encima de un plástico, y suponemos que bajo éste están los mosaicos, resguardados de la dejadez del ser humano.



Acabamos recorriendo toda la calzada de Lépida Celsa, y nos quitamos así un poco la espinilla de no poder haber visitado los días anteriores la famosa Numancia, que tal vez no tenga nada que envidiar a este asentamiento romano que hoy aquí os mostramos.



Las campanas suenan y miramos el reloj; es casi la una. Vaya, no tenemos pan. En la única tienda existente del pueblo, en la plaza donde se encuentra la iglesia, compramos una barra de pan, y nos volvemos de nuevo al hotel, donde comemos un bocadillo de espetec bien gustoso, con pan y tomate del rastre y aceite del bueno, del pueblo.

Por la tarde decidimos hacer la visita libre al Monasterio de Rueda, que forma parte del conjunto en el que nos alojamos. Las visitas pueden hacerse hasta las 18:00h, y a las 16:00h y a las 12:00h hay visitas guiadas que duran más o menos una hora. Nosotros decidimos hacer la libre, porque después queremos ir hasta Caspe y, siendo enero, oscurece pronto. Nos dirigimos, de este modo, a la chica de recepción, que descubriremos después que es también la guía del monasterio. Ella nos explica la historia del lugar, y nos da indicaciones para nuestra visita. Nos dice que empecemos por la parte románica y que sigamos el recorrido que nos marca para respetar así la cronología del lugar. Le hacemos caso y, mediante un librito explicativo nos adentramos en la historia del recinto.

La construcción primaria del monasterio data del s.XII, y fueron los de la orden del císter quiénes allí habitan. Desde el románico, estilo en el que está construido parte del claustro, hasta el barroco, donde se encuentra la hospedería actual, podemos hacer en ese lugar un gran paseo por la historia, y por estilos artísticos y arquitectónicos.

La iglesia del monasterio está totalmente desnuda, sólo encontramos columnas, arcos, ventanas y capiteles. Así me gustan esos lugares, desnudos, porque los disfrutamos más, los sentimos más, los vivimos más. 



Esa desnudez es debida a que, con la desamortización de Mendizábal, los pocos monjes – menos de 10 – que allí quedaban fueron trasladados a otro lugar. Quien se quedó con la construcción hizo de él lo que quiso, y acabo convirtiéndose en un almacén para los campesinos del lugar. En los años 90 del siglo pasado el último propietario cede el monasterio a la Diputación de Aragón, y es ésta quien años después acaba restaurándolo.







Pero es que, además de todo esto que aquí se ha contado, este monasterio tiene algo más que lo hace especial – y que parece ser que no tiene nada que ver con su nombre: la rueda hidráulica. Como ya se ha comentado, nos encontramos a orillas del Ebro, y se construye una infraestructura inmensa para poder aprovisionar a los que allí viven de agua. Por eso aún hoy existe parte del acueducto, por el que todavía corre el agua, y una rueda inmensa, gigante – restaurada – de la que nos dicen que es de las mayores de Europa aún en funcionamiento.



El estilo mudéjar también está presente, y lo podemos contemplar perfectamente en la torre que asoma esbelta y coqueta por encima de todo lo demás:



Terminada la inmensa visita al monasterio, nos dirigimos hasta Caspe, ciudad comprometida. Está a tan solo 27 km de Escatrón y no podemos dejar de visitar ese lugar que tantas veces hemos escuchado en las clases de historia del instituto. Lo del Compromiso de Caspe nos suena a todos, por eso mismo que acabo de decir, y a nosotros – a quienes hasta allí viajamos – nos es próximo, no sólo geográficamente, sino también por las gentes que allí estuvieron. Hemos vivido con el Papa Luna siempre muy presente – tenemos Peníscola aquí al lado –, y esa zona de Aragón la sentimos tan cercana que nos da igual donde uno meta la frontera, porque somos todos gentes de un mismo lugar. 


En Caspe encontramos la oficina de turismo abierta y la chica que allí trabaja nos recomienda callejear por la ciudad, explicándonos que debemos ir hasta lo que era el barrio judío para ver un par de cosas: 

- la construcción tan estrecha de las casas, ya que los judíos pagaban muchos más impuestos y, por lo tanto, compraban menos terreno y construyan en altura, y
- la calle de la Infanzonía, donde las madres iban a parir, porque los niños allí nacidos lo hacían libres; así las caspolenses de la época se dirigían hasta aquella calle y, allí mismo, en el frío suelo de la ciudad, daban a luz a sus hijos.

Le hacemos caso y nos dirigimos hasta donde estaba el castillo donde se firmó el Compromiso. Además, allí está la tumba de Miralpeix, no sabemos bien si del s. II o s. III de nuestra Era. 








Continuamos el recorrido y nos metemos por la antigua judería. Recordaréis lo que dije sobre Tarazona; pues aquí es todo lo contrario. O tal vez sea que se está haciendo de noche y ya todos los gatos son pardos. Sea una cosa o la otra, esas calles, en ese momento, están muy bonitas, y podemos apreciar perfectamente esas casas estrechitas y altas que aún se conservan y en las que hace muchos años vivían otras gentes, con diferente cultura, pero tan personas y tan dignas como las de hoy en día.










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