Albacete con sorpresa

Dejamos atrás la magnífica localidad de Almansa y ponemos rumbo a Albacete, a escasos 80 kilómetros - no hay más de una hora. 


Llegamos a la capital de provincia y vamos directos a la oficina de turismo, como siempre hacemos cuando visitamos alguna localidad nueva. En ella nos indican los elementos más importantes para visitar, aunque no vamos a poder verlo todo porque al ser domingo, muchos están cerrados - señores del turismo español... nunca entenderemos esto.


Aún así, ponemos rumbo a la catedral de la ciudad y en la plaza en la que se encuentra nos topamos con un mercado medieval que le da un aire bastante agradable.




Al haber pasado primero por la oficina de turismo, sabemos que la catedral ese día no puede visitarse al encontrarse cerrada, pero vemos las puertas abiertas, de modo que nos metemos dentro. Parece ser que celebran las comuniones, de modo que echamos un vistazo rápido y nos salimos.

La catedral de Albacete es de estilo Gótico-Renacentista empezó a construirse en el año 1597, pero no fue hasta el s. XX que fue terminada, época en la que se realiza la fachada principal que encontramos a los pies del templo.

En el interior de la catedral encontramos una estructura abovedada, conformada por tres naves y tres tramos. Del interior podemos destacar cuatro columnas jónicas renacentistas. 

Hecha la visita rápida  la catedral, damos una vuelta por la ciudad disfrutando de los numerosos edificios modernistas de los que goza llegando hasta el Pasaje de Lodares, de estilo también modernista. Este pasaje sirve para la unión de dos calles céntricas de la ciudad, la Mayor y la del Tinte. Junto al Pasaje Gutiérrez de Valladolid, es el único ejemplo de este tipo de construcciones que quedan en España.




Entendiendo que ya tenemos todo visto, comemos algo en el parque de la ciudad y marcamos en el mapa nuestro próximo destino: Alcalá de Júcar.

Salimos de la ciudad de Albacete guiándonos por el mapa que nos han dado en la oficina de turismo. No estamos demasiado seguros del lugar al que vamos y tampoco si el camino que hemos tomado es el correcto. Solo tenemos en mente las palabras de la trabajadora de la oficina de turismo: Alcalá de Júcar es maravilloso.

No tenemos demasiado claro cuál es la distancia entre las dos localidades, pero nos han dicho que no es mucha  (ahora sabemos que no llega a los 60 km). Son pocas las localidades que vemos por el camino, e incluso creemos que nos hemos equivocado de camino. Unos kilómetros antes vemos un cartel con el nombre de Alcalá de Júcar y aparece un pueblo a lo lejos; no puede ser aquello, pensamos. Y no, no lo es. Otro cartel que nos indica que quedan 2km, pero nosotros no vemos nada en el horizonte. Imposible, volvemos a pensar, nos hemos equivocado. Aún así, seguimos adelante. Una curva: Alcalá de Júcar. No puede ser... si no hay nada. Giramos la curva... ¡Madre del amor hermoso!


Nos encontramos con un pueblo escarbado en una ladera, en el meandro del río. Nos quedamos alucinados, aquél lugar es verdaderamente precioso. Pero es que, además, vemos que tiene castillo... y ya sabéis lo que a nosotros nos gustan los castillos, así que raudos nos dirigimos hasta él, después de aparcar.



El castillo de Alcalá de Júcar, como tantos otros, es de origen musulmán, y a los musulmanes pertenece hasta el s.XIII, cuando el año 1213 Alfonso VIII conquista la localidad y así pasa a manos cristianas.

Como ya vimos que sucedió en Almansa, el aspecto actual - exceptuando las restauraciones - se debe al que le dio Don Juan Pacheco, Marqués de Villena, allá por el s. XV.


El torreón pentagonal domina la vista del castillo, y desde ese mismo torreón se domina bien el territorio. Lo dicho, una preciosidad.




Después de disfrutar de este magnífico castillo, damos un rodeo por el pueblo, bellísimo, con sus casas fundidas con la roca. Entramos en un bar a tomar un café - capricho que intentamos darnos siempre - y vemos cómo el edifico forma parte de la ladera: sus paredes son las naturales, pulidas por los años y el hombre.

El río Júcar, abrazando el pueblo, pasea sinuoso a los pies de la localidad, dibujando curvas preciosas de verde y turquesa. Quedamos prendados de la belleza del lugar y nos paramos a disfrutar de la belleza natural de todo aquello.




Desde la orilla del río podemos disfrutar de una perspectiva totalmente distinta de Alcalá de Júcar: nos sentimos dominados por el lugar, majestuoso, con el castillo a un lado y la roca armonizándolo todo.




Nuestro tiempo en Alcalá de Júcar está terminando, y nos marchamos con la sensación de haber descubierto uno de los lugares más maravillosos que hasta aquél momento hemos visto. Seguiremos viviendo sensaciones parecidas a lo largo de los años venideros, pero las impresiones que este pequeño pueblo nos despierta esa tarde estarán eternamente grabadas en nuestra memoria.

No queremos despedirnos de él, antes de emprender el camino de regreso a casa, sin guardar un recuerdo gráfico de ese maravilloso lugar y nos paramos, al otro lado de la carretera, para grabar más allá de nuestras retinas una imagen que siempre permanecerá en nuestra mente.





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