Un paseo por La Mancha - ¡Vientos de Guerra!

Que no os extrañe el título, no nos desplazamos a ningún conflicto armado, solamente hacemos referencia a la fuente de energía de la que se sirven - o servían - los molinos de viento manchegos para mover su pesada maquinaria. Pero... ¿qué veía el famoso hidalgo Don Quijote en esos molinos que tan bien Cervantes supo rentavilizar? Gigantes... gigantes contra los que luchar. Si además de los molinos nos encontramos con un cielo que oscurece de forma violenta, en medio de la llanura, y un viento huracanado empieza a soplar, tenemos ya todos los ingredientes para comprender el título de este artículo. Pero no, no nos despistemos y vayamos a lo que hemos venido a hacer aquí: descubrir territorio. Esta vez le toca a tierras manchegas: Toledo y Ciudad Real. Nos vamos a la caza de gigantes: los molinos de viento.



Agosto no perdona, y hasta sus últimos días el sol va a ser el Rey del Cielo. Nuestra primera parada hoy, último domingo del mes de Augusto, va a ser un pueblo con un nombre que tambalea: Tembleque. Arquitectónicamente hablando, podemos decir de Tembleque que es la típica villa manchega que ha crecido alrededor de su Plaza Mayor – y qué Plaza Mayor. Es ésta la que hasta la población nos lleva y hacia la plaza nos dirigimos prestos, tras haber dejado el coche próxima a una imponente Iglesia Parroquial del s. XVI y cerca de la Plaza de la Orden, en la que se adivinan restos de unas Fiestas que deben haber sido Mayores y que han terminado unas horas antes de nuestra llegada, giramos a la izquierda y nos topamos con una construcción hermosa pero extraña a nuestros ojos forasteros, sustentada sobre algunas columnas de granito. Esa extraña construcción de aspecto oriental por su estilizada estructura de madera nos guía hasta esa Plaza Mayor que hemos leído que es tan bella.




Cruzado el portal nos quedamos boquiabiertos: aquél lugar es maravilloso. Sí, bien han merecido los kilómetros hechos en coche para verlo.

La Plaza Mayor de tembleque fue construida para que desarrollara una doble función: urbanística y también como plaza de toros. Es de planta cuadrangular y goza de un pórtico con columnas de granito y corredores en la planta superior en los que podemos ver soportes y ornamentación realizados en madera a la moda de las construcciones de uso popular en el s. XVII. Esta plaza fue declarada de Interés Histórico Artístico ya en el año 1973.




En la parte opuesta de la plaza adivinamos que se encuentra la oficina de turismo, lugar indispensable en nuestras visitas ya que de ellas nos nutrimos la mayoría de las veces. Subimos unos pequeños escalones y aparecemos en una hermosa casa manchega con patio interior bordeado de bellas columnas graníticas, con balcones y plantas que cuelgan de ellos. A mano derecha una pequeña sala nos recibe y allí encontramos a la chica que trabaja en la oficina. Nuestras preguntas se convierten en una breve conversación, y tras la conversación la joven nos suministra con mapas de la población, la comarca, rutas temáticas, un compendio de los castillos manchegos y una edición conmemorativa en dos tomos de El Quijote. Sí, salimos de Tembleque con El Quijote, ¿qué más se puede pedir?

Tras un breve paseo por las calles de la villa, y animados por el espíritu cervantino, nos dirigimos a la caza de los dos primeros gigantes que ya hemos divisado de refilón a nuestra llegada, que son réplicas de aquellos molinos construidos a mitad del s. XVI y primera mitad del XVII. Para llegar a ellos tenemos que tomar la rotonda cercana a la Ermita de Loreto, conducir algunos metros y cruzar un puente que nos permite salvar la A4. Hecho esto, se nos presenta ante nosotros un camino de tierra rojiza que debemos seguir si lo que queremos es llegar hasta los pies de los molinos.



Camino de Orgaz, que es nuestro próximo destino, nos encontramos con un castillo roquero – o lo que queda de él – que nos recuerda en parte al francés castillo de Queribús. Tras breves titubeos decidimos aparcar donde podemos y empezar la subida hasta la fortificación conocida como Peñas Negras.



El castillo de Mora de Toledo es uno de los más importantes, a nivel arquitectónico, de Castilla-La Mancha. Su planta es alargada y tiene dos niveles interiores que se separan por un foso cortado en la roca, además de la torres de homenaje que corta el castillo en dos, siendo una de ellas el patio de armas y la otra las dependencias.
Debemos remontarnos hasta el s. X para encontrar los inicios del castillo, perteneciente a la taifa toledana y, tras ser conquistado por los cristianos, fue entregado a la Orden de Santiago.

La entrada al castillo es totalmente libre, aunque pueden reservarse visitas guiadas para grupos en el Ayuntamiento. Para nuestra visita seguimos los carteles que, castigados por el paso del tiempo y las inclemencias del tiempo, todavía resisten en el lugar, y bajo un sol abrasador recorremos todos los recovecos de lo que antaño fue una fortaleza espectacular y hoy sólo podemos ver si hacemos uso de nuestra imaginación.



Desde el castillo tenemos unas impresionantes vistas de todo el territorio, desplegándose ante nosotros un manto infinito de campos de jóvenes olivos rectamente ordenados que se nos hacen extraños, porque de donde nosotros somos los olivos son milenarios y de plantación desigual.



Agotados por la subida, y por el sol que abrasa nuestras cabezas, dejamos de lado Mora porque nuestro próximo destino, Orgaz, nos espera – y algo debemos dejar para el futuro. Llegamos a la población y el sol nos pega todavía con más fuerza, pero debemos bajar del coche y dar una vuelta, ya que Orgaz fue declarado Conjunto Histórico Artístico, y no es para menos: su entramado urbano está constituido por calles estrechas de origen islámico con casas encaladas, y conserva aún un par de puertas de lo que fueron las murallas. La Plaza Mayor, típicamente toledana, está rodeada de soportales y su iglesia mastodóntica dedicada a Santo Tomás se alza imponente por encima de todas las construcciones de la población. El castillo es otro de los puntos fuertes de la localidad que, aún habiendo sido restaurado porque la historia lo ha castigado violentamente, mantiene parte de su construcción primitiva.




Hambrientos y deshidratados decidimos proseguir nuestro camino dirigiéndonos hacia nuestra siguiente parada: Consuegra. Para llegar a ella pasamos por Los Yébenes que dejamos también para otra ocasión y después de una recta infinita empezamos a divisar gigantes que queremos conquistar.

Esta localidad, famosa por su azafrán, conserva once de los trece molinos de viento que se ubicaron en la colina y, aunque siendo éstos el reclamo turístico principal – junto al castillo – que puede llevarnos hasta la ciudad, no está de más un paseo por su conjunto urbano en la que destacan elementos como el Ayuntamiento construído en el año 1670, ubicado en la Plaza de España, a partir de la cual podemos comenzar nuestro paseo por sus calles sinuosas preñadas de casas solariegas, palacios y ermitas. Pero en Consuegra lo que nosotros queremos hacer es luchar contra los gigantes, y los gigantes nos esperan a lo alto de la colina, tranquilos, creyendo que pueden ganar.

Subimos al coche y llegamos fácilmente hasta los Molinos de Viento que se alzan bellos y dibujan la linea del horizonte de un modo entre fantasioso y necesario. Fantasioso porque Cervantes le hizo un gran favor a La Mancha escribiendo su novela burlesca El Quijote. Necesario debido a la escasez de agua manchega, necesidad de la que los habitantes de esas tierras hicieron virtud y sirviéndose del viento que allí sopla consiguieron sobrevivir en un territorio parco pero bellísimo.

Llegados a la colina de los molinos encontramos uno en el que está ubicada la oficina turística, en la que se pueden comprar las entradas para el castillo y también para los molinos, dos de los cuales – el mismo de la oficina y otro más alejado, Rucio – son visitables. Subir hasta un molino de viento manchego es un acto romántico, novelesco.




Accedes a las entrañas de unos elementos arquitectónicos que seguro aparecen en la imaginación de todos aquellos que conocen el nombre de Cervantes, y te sientes privilegiado. Pero además puedes contemplar las pesados engranajes de madera que mueven las ruedas de piedra, permitiendo así moler todo tipo de grano.



Un viento fuerte y fresco sopla dentro del molino, fenómeno que se debe a las pequeñas ventanas cuadradas que salpican el diámetro de los molinos, permitiendo saber así al molinero qué viento sopla para poder orientar las aspas en la dirección adecuada.Pporque sí, la parte superior del molino se gira gracias al largo brazo que sobresale de él. En la base de las pequeñas ventanas aparecen escritos los nombres de los vientos, como Matacabras o Cierzo, y desde las ventanas tenemos una visión bucólica del castillo a lo lejos...



Y es al castillo el lugar a donde vamos a continuación. Un castillo que nos parece bello exteriormente, de un color coqueto y formas elegantes, y que para nada preludia lo que vamos a encontrarnos en su interior.

El cerro Calderico, donde se encuentra el castillo y también los molinos, fue habitado ya por los romanos, quienes construyeron un acueducto de 23 kilómetros para proporcionar agua a este enclave. La población fue llamada Consaburum y más tarde los musulmanes se asentaron también.
En el s. XI, después de la conquista de Toledo por Alfonso VI, el rey Al-Mutamid de Sevilla, temiendo a los almorávides más que a los cristianos, pide ayuda al rey castellano entregándole como señal de agradecimiento a su hija Zaida y, con ella, el castillo de Consuegra. El castillo cae en manos de los bereberes tras largas luchas y no es hasta el año 1147 cuando Alfonso VII reconquista Calatrava y su comarca, hecho que permite retener Consuegra en manos castellanas hasta nuestros días.
El monarca entrega el castillo a la Orden de San Juan y son estos quines se encargan de organizar su defensa frente a un nuevo ataque almohade. Desde este momento son múltiples los cambios que sufre la fortaleza adaptándose a los usos de cada tiempo, hasta que en 1837 el edificio es volado por las tropas de Napoleón quedando así en ruinas. A día de hoy, se ha recuperado un 50% del castillo gracias a rehabilitaciones.

Al castillo accedemos por una puerta que nos permite cruzar sus murallas y a partir de aquí, empieza la magia. Subidos a lo alto de la defensa podemos ver los molinos de viento frente a nosotros, cubiertos de un cielo que va siendo cada vez más gris y de un viento que sopla cada vez más fuerte.



La visita al castillo es bastante sorprendente ya que poco habíamos visto de su interior, y el esfuerzo en recuperar su imagen de antaño ha valido la pena: pasadizos, salas, algibes, mazmorras... decorado todo con un mobiliario escueto pero efectivo, nos dejan sin palabras.





Cruzando de unas torres a otras nos damos cuenta que el tiempo se está poniendo feo, así que apresuramos el paso y, tras más de una hora, decidimos abandonar el castillo para volver a casa, con la intención de hacer una breve parada en Campo de Criptana para seguir con nuestra tarea de caza del gigante. Nuestro gozo en un pozo: el cielo se abre y empieza a escupir viento que arrasa con todo a su paso. La carretera se vuelve marrón al levantar las rachas huracanadas el polvo del campo manchego. Truenos y rayos nos descolocan cuando súbitamente al viento se le une una lluvia frenética que inunda la autovía de forma automática. Campo de Criptana parece que está a nuestra izquierda, pero ni rastro de los molinos, nuestra visibilidad es nula. Así, adiós a los gigantes, Pacha Mama ha ganado la batalla...



DATOS DE INTERÉS

  • La entrada al castillo de Consuegra se combina con la de los molinos y son 4€ por persona.
  • Los domingos por la mañana se hacen visitas guiadas teatralizadas en el castillo de Consuegra.

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