Viaje hacia la felicidad

Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación.

Esta frase tan rimbombante es del filósofo español Ortega y Gasset, de la cual podríamos extraer bastantes conclusiones pero mediante la cual quiero abrir un tema de debate – si así podemos calificarlo – en este espacio cibernético: ¿Somos felices cuando viajamos porque estamos predestinados a ello?

La que escribe, emocionada en Milán
De nuestra propia experiencia como viajeros – para algunos corta, para otros muy larga – podemos extraer ciertas conclusiones. No vamos a intentar ser objetivos, tarea difícil a ser llevada a cabo por un sujeto. Hablaremos de nuestras experiencias, de nuestras sensaciones, de nuestras ilusiones.

¿A qué se debe tantas ganas de viajar?¿Por qué querer ver mundo, conocer nuevos lugares, convivir con gentes de otras culturas?¿Por qué gastar el tiempo de nuestras vidas yendo de aquí para allá?¿Por qué esa emoción al subir a un coche, un tren, un avión, un barco... sabiendo que partes hacia un nuevo lugar?


¿Por qué gastamos el poco dinero – en nuestro caso – del que disponemos en hacer kilómetros y kilómetros para visitar valles, montes, pueblos, ciudades... que jamas habíamos imaginado?¿Cuál es la razón por la que hacemos todo esto?


Si atendemos a la afirmación de Ortega que aparece al inicio de este artículo, podríamos decir que somos felices porque es ésa nuestra vocación, porque en nuestro ser más interno hay algo que nos dice que nuestra vida debemos ocuparla en viajar; en definitiva, porque nos sale de dentro. Si eso es así, entonces, seremos felices.


Viajar para descubrir nuevos lugares y nuevas gentes, para encontrar nuevas sensaciones, para disfrutar de otros sabores y tradiciones. Viajar para vislumbrar paisajes infinitos y totalmente distintos a los que estamos acostumbrados, para admirar arquitecturas variadas, para sentirnos parte de la historia al recorrer lugares históricos, viajar para sentir el peso de la historia.


Viajamos para evadirnos de nuestras vidas, de unas vidas difíciles y complicadas, evadirnos de una vida precaria. No hacemos grandes viajes, de esos que duran meses, e incluso años. No vamos a destinos lejanos, muy lejanos, la mayor parte exóticos. No lo hacemos, lo primero, porque nuestro presupuesto no nos lo permite; lo segundo, porque no nos gusta. No nos sentiríamos cómodos, seguramente.


Nos encantan los grandes paisajes, nos encanta la naturaleza. Nos gusta cansarnos subieno cuestas para llegar a un destino que jamás hubiésemos podido soñar. Sentir eso que Kant describe en La Crítica del Juicio, ese impacto que la naturaleza, sin tu prepararlo, te causa en tu alma y tu mente, que te pega fuerte y te deja sin respiración. La belleza no necesita de deliberación, decía Kant.


Viajar, para nosotros, es muchas veces – la mayoría – rascar unos euros a unos pantalones que no vas a comprarte, o a unos zapatos que no te llevarás a casa, o a un ordenador más potente, o tener una cámara de fotos mejor. Rascar unos euros para poder pagar una noche más de hotel – hoteles muy baratos, ya saben ustedes, las ofertas... –, poder hacer unos kilómetros más o comprar comida para otro par de días. Viajar para nosotros es eso, y nos gusta, porque unos zapatos, unos pantalones o una cámara de fotos mejor no nos llena tanto como poder caminar por el mundo.


Y, para nosotros, ésta es la razón por la que viajamos: porque de todas las actividades que el ser humano está capacitado para desempeñar, viajar es una de las más plenas y satisfactorias. Viajamos porque llena nuestras vidas, porque hace de la vida merecedora de ser vivida. Entonces puede que sí, que debamos decir que somos felices viajando porque, y como decía Ortega y Gasset, viajar es algo para lo que tenemos una singular vocación.




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