Cómo enamorarse de la Costa Brava en 5 playas

Hablar de Costa Brava es hablar de playas, eso está claro, y puede que a aquellos – como nosotros – a quienes las playas no les llamen demasiado la atención este destino turístico les sea un poco extraño. Y sí, a priori, la Costa Brava, para los no playeros, puede no sonar como un lugar apropiado para hacerle una visita pero... ¡qué nos aspen! Vamos a ser nosotros, los reyes del turismo de interior, quienes os digan que sí, que la Costa Brava bien vale una visita – y una buena cámara de fotos.



Eso de ir a la playa, tostarse al sol, meter los pies en la fina arena... no es cosa para nosotros. De hecho, hace igual 2 o 3 años que no pisamos una playa. y eso que la tenemos a escasos 20 km de nuestros pueblos natales y vivimos en una ciudad como València, que tiene unas playas geniales. Pero no, nosotros no somos gente de mar, no somos gente de costa; preferimos otros destinos turísticos, como los culturales o de montaña. La playa nunca ha sido nuestra predilección, por ello cuando decidimos viajar a la Costa Brava no sabíamos bien con qué nos íbamos a encontrar. Que sí, que todos hemos visto esas fotos bucólicas de barquitos amarrados en una playa pequeña de arena blanca y aguas transparentes, sí, pero ¿quién nos dice que eso no sea sólo un buen plano fotográfico? Nosotros, escépticos de nacimiento, cogemos los bártulos y nos vamos a la Costa Brava con la duda – metódica – recorriendo nuestro espíritu viajero. Cuando pisamos la primera playa, la de Tossa de Mar, una bofetada de realidad hace que salgamos de toda duda: ¡qué maravilla! Y es por eso, por ese amor que profesamos desde ese día al Mediterráneo en Girona que vamos a escribir una oda a las playas de la Costa Brava – o a las que nosotros hemos visitado, claro.

  1. Tossa de Mar


Habíamos leído que Tossa de Mar es la Peníscola de Catalunya. Peníscola es un pueblo precioso – lo tenemos al lado de casa – al que vamos todos los septiembres a tocar en las fiestas de Moros y Cristianos y pensamos que si Tosssa es la Peníscola catalana, pues algo bonito tendrá. Y vamos si lo tiene: torres, murallas, casas de piedra, calles antiguas, playas increíbles... Vamos, que le hemos dedicado una entrada completa (que podéis leer aquí) de tanto que nos ha gustado.




  1. Calella de Palaflugell


El meu avi se'n va anar a Cuba, a bord del Català resuena en nuestras mentes a medida que nos acercamos a Calella de Palaflugell. Habaneras y brisa marina con olor a sal es la imagen mental que nos hacemos de un lugar como Calella, en el que estas canciones de aire cubano suenan todos los veranos para disfrute de los presentes.
Calella es un pueblo con muchas cuestas, pero su casco antiguo se queda plano, a pie de mar. Cuando sales de la nueva construcción casi sin darte cuenta, te encuentras con unas calles blancas, de aire puro con regusto salado que te llevan sin remedio a al cala de Port Bo, una de esas calas que creías que eran solo un buen plano fotográfico pero que, como ya te ha enseñado Tossa de Mar, son verdaderas. Barcas de pescadores y aguas transparentes, además de un bello conjunto de casas blancas porticadas es lo que te encuentras en esta playa, uno de los lugares con más encanto de Calella de Palaflugell. Sin remedio te quedas allí parada viendo esa maravilla que creías ilusión. Caminas por la orilla y te metes bajo los arcos para poder tener una perspectiva completa de la cala. ¿Será que al final te va a acabar gustando el mar...?





  1. Aiguablava


Cuando les comenté a los compañeros de francés que iba a la Costa Brava me dijeron: no te olvides de visitar Aiguablava. Me lo repitieron tantas veces que iba allí hasta con ansia, y no es para menos: Aiguablava es el paraíso. Lo es, al menos, a finales de marzo cuando la cala está vacía. La carretera que te lleva hasta ella es ya alucinante – si te abstraes de esas mansiones que salpican la ladera – porque a lo lejos ves como la tierra se va metiendo en el mar, un mar de un azul intenso donde los pinos beben del agua salada de la cala.
Aparcas el coche en el lugar destinado para ello y bajas los pocos metros que te separan de la arena de la playa, una arena que no es fina – como la de nuestras playas cercanas – y eso se agradece. Pero cuando levantas la vista y eres capaz de digerir lo que estas viendo quedas abrumado por la belleza del lugar – al modo kantiano, a la manera de Stendhal – y sientes como todos los poros de tu cuerpo intentan absorber poco a poco, para no colapsar tu espíritu, lo bonito de esa cala. Tan bonita es que me quito los zapatos, me arremango los pantalones y pongo los pies en las frías aguas del Mediterráneo gerundense y me quedo allí, fundiéndome con el mar. En esos momentos me siento más Marina que nunca.




    4. Begur


Aiguablava pertenece al pueblo de Begur, lugar del que hemos leído buenas críticas en algunas guías turísticas. Así, nos fiamos de lo que dicen y paramos en Begur. Como toda la Costa Brava, Begur está lleno de chalés y apartamentos, aunque no hay tanto hotel como en otros lugares. Aún así, y tras haber aparcado, otra vez, en la parte alta del pueblo, lo que nuestros ojos empiezan a ver es precioso: al fondo el agua azul se funde con el cielo del mismo color. Descendemos hasta la parte vieja del pueblo y nos metemos en calles que guardan, también, el carácter marinero y regusto de fortaleza. Fue Begur en el pasado villa amurallada de la que quedan hoy cinco torres y que guarda la iglesia gótica de Sant Pere, del s. XV. Una de las cosas interesantes de Begur son las casas de indinanos pero lo más interesante de todo es subir por sus calles empinadas hasta lo que fue un castillo que volaron las tropas napoleónicas en el año 1810. Aunque la subida sea dura, las vistas son impagables: el Canigó, las Illes Medese e incluso el Cap de Creus. La tierra se hace infinita y, quien presencia ese imperdible espectáculo de la naturaleza se vuelve diminuta:






  1. Lloret de Mar


Escuchar el nombre de Lloret de Mar es pensar, irremediablemente, en adolescentes borrachos tirándose por balcones. O también en jubilados que disfrutan – merecidamente – de unas vacaciones en hoteles de 4 estrellas a pensión completa. Sí, nosotros también pensamos eso de Lloret de Mar, razón por la que solo vamos hasta él para dormir y “jartarnos” de comer. Pero es que, al final, Lloret acaba dándonos como lástima, nos sentimos mal por aprovecharnos de él de esa manera y decidimos, la última mañana de nuestro viaje, pasearlo. De este modo nos acercamos hasta la playa de Fenals en el que el sol de las 10 de la mañana es casi inexistente porque ese día está nublado, nubes que tamizan los rayos solares y hacen que acaricien las puras aguas de la playa de una forma bellísima. O estamos volviéndonos locos, o esa Mar Mediterránea, en la Costa Brava, es tan distinta a nuestra Mar que nos está hasta gustando. Qué gustarnos... ¡nos hemos enamorado de estas costas!
La playa de Lloret merece un paseo y algo más. Se debe subir hasta la Torre de Sant Joan y acercarse hasta los precipicios de esa costa escarpada y tan rabiosamente bella para disfrutar del espectáculo visual que ofrecen esas calas y playas. El paseo debe ser calmado – y no solo por sus cuestas –, un paseo que se disfruta hasta el extremo cuando Lloret está casi vacío.








Y así es como termina esta oda a la costa de Girona, un viaje por cinco playas imprescindibles y preciosas – fuera de temporada – que han hecho que dos cabras montesas acaben enamoradas del mar.


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