Pau - Francia | A los pies de los Pirineos


Pau, en el sudoeste de Francia, es una ciudad con una gran historia detrás, lugar de nacimiento de Enrique IV y cuna de los Mosqueteros. La capital del Béarn nos espera y nosotros estamos impacientes pro salir hasta allí.


Partimos hacia Pau desde Sandiniés, en el Valle de Tena. Tenemos unos 80 kilómetros por delante, hecho que supone una hora y media de viaje – si no es que sucede lo mismo que el día anterior y nos paran en la frontera –, así que salimos pronto del apartamento porque queremos visitar el Castillo de Pau y cierra pronto a mediodía. Levantarse pronto tiene muchas ventajas, entre las que se encuentra ver nacer el día en la cordillera pirenaica. Es imposible no detenerse en el camino, aun habiendo hecho solo un par de kilómetros, para poder contemplar tan abrumadoras vistas.



La parada es obligatoria en este punto de la ruta, pero también lo es continuar con el viaje, y eso es lo que hacemos, hasta llegar al Portalet, un poco acongojados por si volvemos a encontrarnos con un control y debemos pararnos otra vez. Cuando la subida comienza y estamos ya cercanos al paso fronterizo vemos que no hay nadie y, como si los cuatro viajeros nos hubiéramos comunicado mentalmente, decimos todos que ahora sí paramos para hacernos la foto en la frontera. Aunque esta es otra excusa, porque lo que allí vale verdaderamente la pena es el entorno que se vuelve brumoso cuando el día todavía está despertando. Realmente, lo emocionante de cruzar fronteras, por el hecho de ir a lugares nuevos y a los que supuestamente no perteneces, pierde la emoción cuando los paisajes golpean tu espíritu tan fuertemente. Pero sí, vamos, que la foto la hacemos: hoy cumplimos con el deseo postureta.


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Esa bruma que rocía de forma melancólica las tierras a esta parte de la línea fronteriza se convierten, ya en el país galo, en una especie de manto blanco y denso que no dejan ver más allá de dos metros. Este contratiempo hace que nos detengamos para buscar las luces antiniebla en el coche, contratiempo que es una bendición porque en este punto del trayecto, también, el entorno es alucinante. Aunque el día anterior ya habíamos pasado por allí de camino al café clandestino, el ambiente ha cambiado completamente debido a las condiciones meteorológicas de la mañana en el Valle de Ossau y este hecho me hace sentir muy viva, pero también insignificante. Mientras unos buscan las luces, yo me dedico a explorar el terreno y hacer fotos que, aunque no sean de una calidad excelente, pretenden reflejar la belleza – y también la poesía, porque no – de lo que mis ojos están viendo en esos momentos. Pretendo llevarme conmigo, de este modo, un pedacito de ese terreno virtuoso y fértil, vivo, que es el Pirineo Francés.



Es la tercera parada que hacemos en menos de 30’ de viaje, y no paramos más porque tenemos un destino al que llegar y un horario que cumplir, si es que queremos ver lo que vamos a ver, pero esta ruta merece ser hecha lenta, muy lentamente, disfrutando de la magnífica geografía de este valle, de su arquitectura y su naturaleza. Me llama muchísimo la atención, yo que provengo del medio rural, lo bien cuidado que tienen el campo, con sus granjas bonitas, con techos de pizarra y a dos aguas, y sus pastos inmensos. Todo concuerda con el entorno, con los verdes valles y los altos picos montañosos, con los riachuelos de agua limpia; parece atrezzo, yo no estoy acostumbrada a ver estos lugares así, y eso que mi entorno natural, teóricamente, es el mismo.

Otra vez, y como el día anterior, el simple hecho de transitar en coche por estas carreteras secundarias francesas es una verdadera delicia. Tanto da que se pongan camiones delante de ti que te obliguen a circular a 50 o que debas reducir la marcha cada dos por tres porque se cruzan un montón de pueblecitos en tu camino. Tal vez sea la novedad lo que hace de este territorio fascinante y, cuando repites estos actos día tras día, por muy bellos que sean los paisajes, acabas sumiéndote en la mala cosa que es el tedio. Pero a nosotros, en ese momento y siendo el lugar novedoso para los cuatro, la ruta nos parece una maravilla, que se convierte en exclamación cuando conseguimos llegar a Pau y aparece, un poco elevado, el casco histórico con el castillo dominando en su base.
Encontramos estacionamiento en una plaza que está en obras, en la Place Verdun funciona como párking temporal. Desde allí, y mapa en mano, bajamos la calle dirección el castillo, no sin antes entrar en una panadería y comprarnos croissants que aquí, en Francia, son cosa superior. El camino hasta el castillo va dando pistas de lo que nos vamos a encontrar en el centro de la ciudad, que no es muy grande – y por ello perfecta para este tipo de visitas – pero sí bonita. Las casas de pocas alturas – tres o cuatro a lo sumo – son características, y de hecho me planteo – ya días después – si tal vez el encanto de las ciudades francesas radique en estas construcciones bajas que permiten que destaque aquello que debe destacar: pináculos, cúpulas, torres y estatuas. Y es que Pau es una ciudad francesa de estilo muy francés, con todas las ventanas cubiertas por persianas de madera pintadas de colores, e incluso algunas mansardas que recuerdan aquello que tantas veces hemos visto en imágenes quienes no hemos estado en París.




Entre tanto cliché francés llegamos a una plaza con fuente, portales, soportales, terrazas y flores y un poco más allá, a nuestra derecha, el castillo imponente va despuntando sobre todo lo demás, castillo que se deja ver a medida que bajas la calle cuando irremediablemente vas acercándote a él. Había leído sobre este castillo que era grande, muy bonito, que nada tenía que envidiar a los castillos del Loira. Por desgracia no puedo comparar, porque no he estado – todavía – en la ruta de los castillos franceses por excelencia, pero sí puedo decir que nada tiene que ver a los castillos que estoy acostumbrada a visitar. Soy una apasionada de las fortificaciones y tengo casi como vicio incluir, al menos, un castillo en cada uno de mis viajes – si caen más, mejor. Por ello, puedo decir que éste de Pau es verdaderamente sorprendente, por sus dimensiones y por su estilo, ya que es más un castillo palacio, a lo francés, que un castillo fortaleza, a la española. Su color entre blanco roto y gris perlado se confunde con el cielo de la mañana que ese día en Pau ha decidido vestirse con tonos apagados, por lo que cuando una se adentra en la gran plaza que se encuentra en medio de la construcción para que este en un mundo totalmente distinto.





La visita al castillo es guiada, y en francés, aunque te dan una hoja informativa que explica en el mismo orden lo que el guía va contando durante los 45’ que dura el recorrido. El guía, un señor simpático, aunque serio, se preocupa por nosotros y por nuestra comprensión oral del francés a lo largo de toda la visita, cosa que le agradecemos, aunque debo decir que se le entiende bastante bien. Se trata de eso o que mi hora de francés semanal está dando sus frutos, vaya que sí. Entendiendo el francés o no, la visita al castillo es muy interesante, no solo por el edificio en sí que es de un típico estilo palaciego, como encontraríamos, y salvando las diferencias, en el Palacio de Aranjuez, sino también por lo que supone para Francia ese lugar, tan importante y tal es el respeto que se le tenía a Enrique IV que, durante la Revolución Francesa el castillo quedó intacto. Así, durante casi una hora vamos de unos salones a otros, a cada cual más ostentoso, pasando por un salón con una mesa en la que casi puede sentarse a comer todo mi pueblo, o habitaciones enormes llenas de tapices, camas gigantescas, techos con molduras de oro y vajillas delicadísimas.




El Buen Rey


Encontramos en una de las salas el caparazón de tortuga de mar que sirvió de cuna para Enrique IV, sala que se construyó expresamente en el s. XIX para albergar este elemento tan curioso.




La visita termina y debemos abandonar el castillo renacentista por el que han pasado, además del Bearnés, otros como Napoleón III, y nosotros, claro. No íbamos a ser menos. Nos adentramos ahora en el barrio del castillo, pasando por el Parlamento de Navarra, para después visitar la Iglesia San Martín, consagrada en el año 1871, de arquitectura neogótica y con un interior verdaderamente increíble.






Al salir de este edificio, fascinados, nos dirigimos a la parte trasera del mismo y encontramos una gran estatua que preside la vista: se trata del monumento a la Francia victoriosa, en recuerdo a los muertos por este país. El monumento fue construido en los años 30 para recodar a los caídos en la Primera Guerra Mundial, aunque, como podéis observar en la foto, más tarde se amplió para incluir a los muertos en la Segunda Guerra Mundial.





Desde aquí continuamos por el barrio del castillo y queremos ir hasta el mercado porque yo me empeño en ir hasta los mercados franceses, que me encantan. Nos cruzamos Pau y llegamos cuando cierra, así que me quedo sin mercado y dejo a todos con la lengua fuera y mucha hambre, por lo que decidimos, en este momento, irnos a comer. Unos eligen restaurante y nosotros dos decidimos comer algo rápido e ir hasta el Boulevard de los Pirineos, sentarnos en un banco y disfrutar de las vistas. Compramos un kebab en la Plaza Reina Margarite, enmarcada por arcos que son testigos de un antiguo mercado, y una botella de agua en un supermercado cercano. Regresamos al Bulevar de los Pirineos e improvisamos nuestro restaurante: un banco con vistas. Y qué vistas. El sol, a mediodía, ha decidido asomarse pintando con ello de un azul intenso el cielo francés.                                                                                                                                       
El Boulevard des Pyrénées es testigo viviente de la locura vivida en Pau a partir de los años 1840. En el año 1891 el ingeniero Jean Charles Alphard señala que a Pau le falta un paseo como el de Niza, y en 1894 comienza la construcción del paseo de casi 1 km de longitud, construcción que se prolonga hasta el año 1896. A finales del s. XIX terminan las ampliaciones de este paseo, convirtiéndose en un símbolo de la capital del Bearn, que se convierte por esos años en un destino invernal importante.

Disfrutamos de nuestra comida y paseamos por el Bulevar, echando un ojo al funicular y también a los nombres que aparecen en la barandilla, indicadores de los picos pirenaicos que se pueden ver desde allí, hasta una distancia de 150 kilómetros.







Pasearse por el Bulevar es encantador, y nos hubiera gustado poder ir hasta las mansiones y sus parques, pero el tiempo se agota y debemos ir hasta nuestro punto de reunión: la iglesia de Saint Jacques. Antes de esto pasamos por la Plaza Clemencau que se impone como centro de la vida urbana de Pau a partir de los años 30. En esos días, primeros de octubre, la plaza está cubierta por un montón de paraguas rosa, color que simboliza la lucha contra el cáncer de mama. Además, y como en todas las ciudades francesas en las que he estado hasta ahora, un tiovivo descansa en una esquina de la plaza, repleta de fuentes ocultas que pueden empaparte si andas despistada…



¿Puede haber algo más francés?

Llegamos a la Plaza de la Liberación, lugar en el que se encuentra la Iglesia Sant Jacques, pero también el Tribunal de Justicia y la imprenta más antigua de la ciudad, la Marrimpoey, que data del año 1779. El estilo de la iglesia que ahora visitamos, como sucede en el caso anterior, es neogótico, y está inspirada en la arquitectura de Chartres o Saint-Denis. Y como también sucede en el caso anterior, el interior es verdaderamente espectacular.



Maravillados por la arquitectura neogótica damos un último paseo por el centro de Pau y ponemos rumbo a un lugar que se ha convertido en visita obligatoria en cada una de las visitas que hago a Francia, si es que en la ciudad existe el lugar. Se trata del Museo de la Resistencia y la Deportación. Debemos dirigirnos ahora hasta el Parque Lawrance siguiendo la Avendida de la Resistencia, ya fuera del casco histórico. Tenemos suerte ya que el museo solo permanece abierto los miércoles por la tarde, de 14.00h a 18.00h.  La visita es guiada, también en francés, realizada por un señor que tiene relación con los acontecimientos que allí se explican, que están orientados sobre todo al conflicto de la Segunda Guerra Mundial en la zona de Aquitania. Antes de empezar la visita nos pregunta a qué nos dedicamos, para saber cómo abordar las explicaciones, así que delante de un politólogo, un par de aficionados a la historia y una filósofa política el señor tiene tema para rato, y así sucede. La visita se alarga hasta hora de cerrar el museo, y el diálogo constante con nuestro guía enriquece la exposición de manera exponencial. Nos muestra el campo de concentración de Miranda de Ebro – ya lo vimos también en Toulousse – y a partir de él y nuestro interés por lugares similares nos dice que, si podemos, visitemos Gurs, cerca de Oloron-Sainte-Marie. En ese momento, nuestros planes de viaje van a cambiar por completo.

Terminada la visita nos dirigimos a un centro comercial a comprar algo para cenar y decidimos regresar a Huesca por Canfranc ya que queremos pasar por el “pueblo” de Oloron-Sainte-Marie, que tiene una iglesia románica patrimonio de la humanidad. Es ya de noche cuando llegamos al “pueblo”, que resulta ser de tamaño considerable, y éste se encuentra totalmente a oscuras, por lo que nos cuesta encontrar la iglesia pero que, cuando finalmente encontramos, nos deja perplejos. Nuestras palabras, casi al unísono, son Aquí hem de tornar. Y vamos si volveremos, al día siguiente… aunque eso todavía no lo sabemos en ese momento. Además, este pueblo huele a chocolate que da gusto…




Más información:

Pau es una ciudad que nos ha gustado de verdad, es un sitio ideal para pasar un fin de semana, ya que una visita como la nuestra resulta un poco precipitada y se quedan bastantes cosas en el tintero. Podéis seguir las siguientes direcciones web y completar la información que aquí os damos:


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