Un pueblo al borde el precicipio: Castellfollit de la Roca





Hace tiempo, bastante tiempo ya, y en una de esas horas muertas de las que se llenan algunos fines de semana, encontré navegando por internet una lista de pueblos construidos en acantilados o lugares insospechados. Hubo uno de esos pueblos que me llamó poderosamente la atención y sentí la imperiosa necesidad de ir, aunque no veía el momento de viajar hasta allí. Casi olvidada mi necesidad, y unos años después, tuve la oportunidad de visitar ese lugar que tanto había estado rondando por mi cabeza años antes.


En nuestro viaje de primavera a la Costa Brava nos desplazamos hasta Banyoles para visitar el conjunto lacustre más grande de la Península Ibérica, paraje que nos dejó verdaderamente fascinados [podéis leer el relato aquí]. Desde allí y observando el mapa nos dimos cuenta que teníamos cerca algunos de los lugares que habían estado en nuestra lista de deseos durante mucho tiempo. Uno de ellos era Besalú, localidad que visitamos en nuestro viaje al País Cátaro francés, y también Castellfollit de la Roca, un pueblo suspendido en un acantilado sobre una ladera de roca volcánica. Cuando vi el nombre del pueblo escrito en el mapa y comprobé en el móvil que la distancia que lo separaba del lugar en el que nos encontrábamos era bien poca, me emocioné: por fin podría visitar uno de esos lugares que había estado deseando durante tanto tiempo. Aprovechando que era la hora de comer y que nos traíamos el picnic del hotel, pusimos rumbo a este pueblo tan increíble de la Garrotxa.



La Zona Volcànica de la Garrotxa es el exponente de paisaje volcánico más destacado de la Península Ibérica, que consta de un total de 10 cráteres, 23 conos bien conservados y 20 coladas de lava basáltica, con una edad comprendida entre los 5.000 y 700.000 años.



El trayecto por carretera desde Banyoles hasta Castellfollit es precioso: carreteras sinuosas que atraviesan lomas en un paisaje verdísimo. A los pocos kilómetros dejamos a nuestra izquierda el bello pueblo de Besalú, aunque desde nuestra situación no se aprecie la belleza del lugar. De hecho, nadie diría que ahí se esconde uno de los pueblos más bonitos de Catalunya, porque nada hace presagiar que después de algunas rotondas un pueblo medieval precioso se va a presentar ante nuestros ojos y nos va a dejar alucinados. 

Podéis leer el relato de nuestra visita a Besalú en este link.

Pero esta vez no vamos a parar en Besalú, pasaremos de largo y continuaremos por la preciosa carretera que tras conducirnos por un puente de vértigo, pero alucinante, nos indica que Castellfollit está cerca y después de algunos pocos kilómetros más aparece ante nosotros la maravilla.


El vértigo que da ver este pueblo desde la carretera es fuerte, al menos para mí, y en esos momentos sólo me viene a la cabeza una pregunta: ¿a quién se le ocurrió construir ahí arriba? Tanto Juanjo como yo no podemos parar de preguntarnos eso, nos parece totalmente alucinante construir un pueblo ahí, en lo alto. No podemos dejarnos de hacer esta pregunta, ni tampoco de admirar el pueblo, boquiabiertos; nos está entrando tortícolis de tanto alzar la cabeza y, además, un hambre perruna porque deben ser ya las tres de la tarde y llevamos horas sin comer nada. Así, decidimos aparcar en la parte baja del pueblo, en la zona donde hay una especie de fábrica, coger el picnic y cruzar un puente para comer protegidos del sol bajo la sombra de los árboles. ¡Qué restaurante tan maravilloso! Poder almorzar en un lugar así, con el sonido del río de fondo, el dulce canto de los pájaros, la suave brisa acariciando nuestra piel y la vista de este pueblo increíble frente a nosotros… vivir esta experiencia es algo impagable. ¿Qué más dará en ese momento alojarse o no en hoteles de lujo? ¿Qué más dará tener o no un coche potente? ¿Qué más dará tener los bolsillos llenos de dinero? Este tipo de experiencias, realmente, son las que hacen plena nuestra vida, experiencias que son de valor incalculable porque se sienten en lo más profundo y que quedan grabadas en nosotros para siempre. 

 

Decidimos, después, coger el coche y subir hasta el pueblo. Hubiéramos querido hacerlo por uno de los senderos que te conducen, a pie, hasta él, pero nuestro calzado no es el adecuado y nuestros pies están resentidos después de haber caminado los ocho quilómetros que conforman el perímetro del lago de Banyoles. Así, apartamos de nuestras mentes la idea de subir caminando hasta allí arriba y nos disponemos a acercarnos al pueblo en coche, hecho que supondrá sortear algunas curvas y buscar aparcamiento en un lugar tan singular como ese. 



Aunque a priori no lo parezca, Castellfollit de la Roca es más grande de lo que se percibe desde la base de la ladera volcánica – ésta mide un kilómetro de largo –, aprovechando toda la zona llana y extendiéndose así unos centenares de metros más en los que predominan las viviendas de nueva construcción. Pero lo interesante en este lugar es adentrarse en el pueblo primigenio que consta tan solo de un par de calles construidas sobre la cornisa volcánica de 40 metros de alto, calles que conforman un curioso entramado urbano dominado por una iglesia románica que cierra el pueblo al final del precipicio, lugar desde el que se tienen unas vistas increíbles de todo el entorno.

Algunos de los nombres de las calles nos recuerdan tiempos pasados, y es que Castellfollit estuvo rodeado de murallas hasta el 1428, año en el que los terremotos las destruyeron. En el año 1691 los franceses derrumbaron el castillo y hoy de esta construcción solo queda el recuerdo. La iglesia de Sant Salvador, de la que se tiene constancia desde el s. XII, quedó también destruida en los terremotos del s. XV, aunque la reconstruyeron después. Pero igual que sucedió con el castillo, las guerras con Francia en el s. XVII supusieron grandes destrozos para esta construcción, casas y gentes. El año 1936 la iglesia fue quemada y el año 1944 se terminó la construcción de una nueva iglesia en la parte moderna del pueblo. La iglesia antigua, la del casco histórico, ha sido recuperada como centro cultural y es el uso que se le da hoy en día.





Castellfollit, sin duda, merece estar en lo alto del pódium de los lugares más impresionantes en los que hemos estado, y es que los pueblos construidos en lugares insospechados como éste en Girona, o como Alcalá de Júcar en Albacete, son lugares que merecen la pena los kilómetros que se conducen, caminan o vuelan hasta ellos. Son tesoros de tamaño diminuto, pero de un gran valor paisajístico, arquitectónico e histórico que debemos preservar y visitar porque valen realmente la pena.


Más información:

Podéis encontrar un capítulo del programa El Foraster (en català) que se grabó en este pueblo y que justamente se había emitido pocas semanas antes de que nosotros lo visitáramos: vídeo aquí.

Sobre la Zona Volcànica de la Garrotxa podéis encontrar más información en el siguiente enlace: http://es.turismegarrotxa.com/territorio-y-naturaleza/parque-natural-y-espacios-protegidos/parque-natural-de-la-zona-volcanica-de-la-garrotxa/

Y sobre La Garrotxa en general encontraréis más información en www.turismegarrotxa.com

Y si os interesan los volcanes, podéis ir hasta Olot para visitar el Museu dels Volcans

Sobre el pueblo en cuestión, podéis seguir el enlace de la Web Oficial del Ayuntamiento de la localidad: www.castellfollitdelaroca.com



Escribiendo este post, y buscando los enlaces de las páginas web, he visto que Pepe Soto, por fin, ha podido zarpar con su catamarán hacia San Blas. Su historia es una triste bella historia, una historia que emana vida pura. Sort Pepe!




Si te ha sido de utilidad...¡COMENTA,VALORA,COMPARTE!

Entradas Populares