Gurs - El refugio de la muerte

Nos encontramos casi rozando las Landas, en un terreno verde y precioso, con los colores del otoño despuntando entre las hojas de los árboles que, poco a poco, van tejiendo una alfombra ocre sobre la hierba brillante. El cielo azul, con poquísimas nubes, luce un sol radiante que confiere a este típico paisaje francés un aire bucólico y evocador. Sería maravilloso si no fuera porque esas mismas tierras, y no hace tantos años, fueron un campo de terror.




Aunque muchas veces no lo parezca, porque tendemos a hablar de pueblos bonitos, ciudades históricas o paisajes preciosos, en nuestros viajes solemos buscar mucho más que eso y nuestros itinerarios tienen, siempre que sea posible, un carácter histórico y reivindicativo importante. Esto ya pasó en Belchite, por ejemplo, lugar al que fuimos por su trascendencia en nuestra historia más reciente principalmente y no por lo curioso del lugar. Algo parecido sucedió también en Berlín que, inesperadamente, nos hizo sentir el peso de la historia sobre nuestras almas de un modo terrible, o el caso de Toulouse donde los republicanos españoles exiliados en Francia estaban presentes en cada esquina de la ciudad rosada. Y fue concretamente en Toulouse donde visitamos por primera vez un Museo de la Resistencia y la Deportación, del que leímos algo en un folleto pero sabíamos bien poco [os lo contamos en uno de nuestros primeros post]. Conociendo la existencia de estos museos por toda Francia, decidimos visitar el de Pau en nuestro viaje a la ciudad [podéis leerlo en esta entrada]. La visita a este museo ya os la explicamos con anterioridad, y en este post lo que queremos hacer es mostraros un lugar al que fuimos gracias a las indicaciones del señor que nos mostró el museo en la ciudad de los Pirineos.

Gurs es un pequeño pueblo cerca de Oloron-Sainte-Marie en el que viven apenas 400 personas. Al lugar se llega por una carretera preciosa que atraviesa los campos franceses de un modo delicioso. Las suaves colinas a lo lejos, las granjas con estilo y las construcciones de aire medieval mecen dulcemente la mente de quienes por allí, como nosotros, transitan tranquilamente. Este pueblo, el de Gurs, no tendría más trascendencia en la historia ni sería relevante para nuestro viaje si no fuera porque allí, durante la Segunda Guerra Mundial la Francia de Vichy internó a los exiliados republicanos españoles, además de numerosos judíos que fueron deportados al campo de Drancy y, de éste, al de Auschwitz. Hoy vamos a contaros la historia del Campo de Refugiados de Gurs.

La historia del campo:

En el año 1939, al finalizar la Guerra Civil Española, se construyó en la población de Gurs este campo de exiliados para acoger a todos aquellos que se marchaban “voluntariamente” de España por miedo a las represalias del franquismo, hecho que se conoce como “La Retirada”. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial el gobierno francés internó allí ciudadanos alemanes y de otros países considerados aliados de Alemania, además de franceses considerados peligrosos por sus ideas políticas y también presos comunes. Tras el armisticio  firmado el año 1940 con la Alemania Nazi, el gobierno de Vichy decidió utilizar este lugar como campo de concentración para los judíos de cualquier nacionalidad, excepto los de la francesa, además de encerrar también a personas peligrosas para el Gobierno. Cuando Francia fue liberada el campo sirvió como lugar de internamiento de prisioneros de guerra alemanes, combatientes españoles que habían participado en la resistencia contra la ocupación alemana y también de los colaboracionistas franceses. El campo fue cerrado en el año 1946.


El campo:

El hecho histórico de “La Retirada” supuso que fueran numerosas las personas que cruzaron la frontera, así que el Gobierno francés decidió construir una serie de campos de refugiados repartidos por todo el país, siendo el más importante de todos ellos el que ahora nos ocupa, el de Gurs, a tan solo 34 kilómetros de la frontera española. La motivación principal para construir fue minimizar los costes de manutención que representaban para las arcas del Estado francés la llegada de los exiliados españoles.

El campo en cuestión tenía 1.400 metros de largo por 200 de ancho, con una superficie total de 28 hectáreas. Fue construido en  una colina alargada de tierra arcillosa, por lo que su utilidad agrícola era casi nula pudiéndose plantar solo algo de maíz y haciéndose servir como pasto para la ganadería bovina. El 4 de abril de 1939, aún estando el campo por terminar, llegaron los primeros refugiados. Cuando estas gentes llegaron allí se encontraron con una sola calle que cruzaba todo el campo que tenía, a ambos lados, parcelas de 200 metros de largo por 100 de ancho (conocidas como ilots) separadas entre ellas por alambres dobles por la parte de atrás, formando un pasillo por el que circulaban los guardias del exterior. En cada una de estas parcelas se construyeron 30 barracones, hasta un total de 382, barracones que fueron inventados por el ejército francés durante la Primera Guerra Mundial. Los barracones en cuestión estaban construidos con madera muy fina cubiertos de tela con resina, siendo todos idénticos entre ellos, sin ventanas ni ningún tipo de ventilación. Su endeble estructura no protegía del frío y pronto la tela comenzó a deteriorarse dejando entrar el agua de lluvia [la zona de los Pirineos Atlánticos, a escasos 80km del mar, es realmente lluviosa]. La gente dormía en sacos de paja directamente sobre el suelo en barracones de 25 m² en los que llegaron a alojarse hasta 60 personas.

Las condiciones de vida, como podéis imaginar, eran nefastas. La comida era escasa y pésima, no existían servicios sanitarios, tampoco agua corriente ni saneamiento. El campo, y pensemos en la zona geográfica en la que se encontraba, carecía de drenaje por lo que las constantes lluvias convertían las tierras arcillosas en permanentes barrizales. Pero las ansias de supervivencia de los que allí malvivían motivaban la construcción de senderos con las pocas piedras que iban encontrando para poder llegar a los lavabos, que no diferían mucho de los abrevaderos para animales. Estos “baños” consistían en un tejado con algunos cubos en los que los refugiados hacían sus necesidades, cubos que eran transportados con un carro fuera del campo una vez se habían llenado de los excrementos de las personas que vivían en tan terrorífico lugar.

La diferencia de este campo con los campos de concentración más conocidos se encuentra en que allí no se ejecutaba a nadie directamente (aunque algunos internados murieron por torturas, desnutrición o enfermedad), pero sí desde allí partieron muchos hacia la muerte, como los judíos que terminaron en Auschwitz o los españoles que no tenían a nadie en Francia que los acogiese, por lo que fueron trasladados al campo de Miranda de Ebro donde depuraron sus responsabilidades políticas.


El campo en la actualidad y nuestra visita:

El campo de concentración, o de internamiento como gusta llamar a los recatados, es hoy en día un memorial que pretende redimir los pecados de unas políticas verdaderamente inhumanas. Al modo del campo de Sacshenhaussen, se ha reconstruido una cabaña que se encuentra unida por una vía de tren a un cuadrado de cemento rodeado por alambres, y es una instalación artística desarrollada por el artista israelí Dani Karavan que pretende mostrar el camino hacia la muerte que suponía residir en ese lugar. Os recomendamos realizar el trayecto desde la cabaña hasta el espacio alambrado por encima de las vías del tren; es una experiencia totalmente aterradora y muy triste.





Del campo queda bien poco, como ya hemos dicho, pero sí un cementerio – al que no vamos por mala leche – en el que descansan los restos de los 1072 fallecidos en el campo entre los años 1939 y 1943.  Cerca el aparcamiento encontramos una caseta en la que hay dos televisiones que, si pulsas un botón (también en español) te cuenta la historia del lugar. Hay también un monumento que simboliza el agradecimiento de los judíos a aquéllos que, aún no siéndolo, ayudaron a salvar a gentes de su pueblo. Además, podemos ver también un retoño del Árbol de Gernika entre otros elementos conmemorativos a los exiliados del otro lado de los Pirineos.


Retoño de Gernika




La visita a este campo de concentración es dura, muy dura, por lo cercano a nuestra historia y porque, aunque el lugar es bonito, sientes a cada paso que das y a medida que vas leyendo paneles y recordatorios que aquello fue un verdadero horror. Ir hasta el Campo de Concentración de Gurs – como ir a otros lugares del mundo – supone una bofetada de realidad muy necesaria en estos tiempos, haciendo presente que la memoria, hoy más que nunca, es necesaria para que la historia no se repita de ninguna de las maneras posibles. Debemos pensar que aquéllos quienes acabaron en aquel lugar fueron personas que escapaban del terror de la dictadura y no tenían ningún otro lugar al que ir, y terminaron malviviendo entre fango y orines, sin comida ni un futuro digno. Algunos de los que hasta allí fueron consiguieron permisos para trabajar en Francia y pudieron escapar de una muerte cercana y terrible, pero muchos otros no corrieron la misma suerte y murieron allí, además de todos los que fueron deportados para acabar pereciendo a manos de los nazis o del franquismo.

 
¿Cómo llegar a Gurs?

El campo de Gurs se encuentra a 10 km de Oloron-Sainte-Marie, y es cercano a los pueblos de Navarrenx y l’Hôpitale-Saint-Blaise.

Las indicaciones son las siguientes:
  Desde Bayonne: A64 salida n.º 7 dirección Oloron
  Desde Pau: dirección Oloron, hacia Navarrenx

Si os fijáis, la carretera tiene indicaciones que señalan el camino a seguir. Además, si metéis en el GPS “Gurs” lo encuentra fácilmente.


La visita es gratuita, y podéis encontrar más información en los siguientes enlaces:
  Camp de Gurs (en francés)
  Existe también información en www.memorialmuseums.org
  Encontraréis también referencias en www.memoriales.net



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