Navarrenx, la primera ciudad fortificada de Francia

Navarrenx, pueblo que forma parte de la ruta de las bastidas del Béarn, es hoy el protagonista del blog, pueblo-fortaleza que pervive vigilante asomado al río y que para aquél que se acerca es un verdadero festín visual. Carácter e historia se unen en esta pequeña población francesa que, junto a un entorno bucólico, es un destino fantástico para todos aquellos amantes de la historia y la arquitectura medieval.




No sé qué me pasa con el Béarn que llevo unos años obsesionada con él. La razón de ser de esta manía casi persecutoria no sé bien dónde encontrarla, aunque no erraría mucho si dijese que nace de la visualización de documentales de la televisión francesa centrados en esa parte del territorio galo. Sea éste o no el germen de mi fascinación, la cuestión es que finalmente, y después de algunos años intentándolo, he podido darle un primer mordisco a esta parte del Estado francés.

De Navarrenx puedo decir que forma parte de la red Les Plus Beaux Villages de France, y que se trata de la primera ciudad fortificada del país hexagonal. También se debe apuntar que es nombrada bastida en el año 1316 y que sus murallas, clasificadas Monumento Histórico, fueron construidas entre los años 1537 y 1547, y desde entonces siguen intactas para deleite de mi persona – y de todos aquellos que allí se acerquen.

Esto es lo que podría decir objetivamente – obviando la última frase del párrafo anterior – de la localidad de Navarrenx. Aunque también podría hablar de la Puerta Saint-Antoine, única puerta que se conserva de las dos antiguas entradas de la ciudad, o también de la iglesia St Germain terminada en 1562. Debería mencionar, por otra parte, el Bastión de Contraminas que tiene una galería subterránea por la que se puede transitar – acompañado siempre de una linterna, claro – o del Bastión de los ecos, ejemplo de fortificación primitiva y que además parece un circo romano. Todo esto es lo que podría decir, más o menos objetivamente, de esta bastida bearnesa.

Iglesia de Saint Germain

Bastión de los ecos


Pero aquello que quiero explicar no es lo que objetivamente puede encontrarse en cualquier guía de viajes o página de internet, sino que quiero plasmar – en la medida de lo posible – la sensación que tuve al ir acercándome poco a poco, y tras una carretera dulce y  sinuosa, a la bastida de Navarrenx. Es usual que nos hagamos una imagen mental de los lugares que vayamos a visitar a partir de aquello que vemos proyectado por otros, una proyección que suele ser tendenciosa – y no quiero con ello hablar de forma despectiva – porque lo que se pretende, en el ámbito que aquí nos atañe, es mostrar nuestro producto de la forma más atractiva posible. Por ello siempre intento tener una mirada crítica respecto a anuncios publicitarios de oficinas de turismo, departamentos territoriales, etc., porque aquí todos sabemos que queremos vender nuestro producto – que la mayoría de veces es bueno –, y venderlo de la mejor forma posible. Así, yendo hacia Navarrenx mantengo esa mirada crítica que debo abandonar rápidamente cuando finalmente esas murallas inmensas se revelan ante mi persona. La belleza sublime de aquél lugar colma todo mi espíritu y experimento, una vez más, eso que se llama síndrome de Stendhal: no puedo más que abandonarme a la voluntad de mis sentidos y dejar que ellos gocen por mí.



La imagen es bucólica: unas murallas de piedra de un color tostado se alzan regias bajo un cielo azul brillantísimo, unos campos verdes infinitos y el río que sigue su curso plácidamente. Es todo esto una suerte de fotografía de postal en vivo, una típica representación de lo que puede ser Francia para el visitante extranjero. Es, en ese momento, todo lo que un amante de los pueblos bellos y los paisajes idílicos puede desear y, a medida que la distancia con la fortaleza es menor esa sensación placentera aumenta. Pero es que resulta que el interior es también agradable, muy agradable, manteniendo ese aspecto de bastida cuadriculada que tanto abundan en el departamento del Béarn pero con una estética coqueta que va de lo medieval hasta el renacimiento.





Lo más espectacular de Navarrenx, a mi juicio, es subirse a las murallas y recorrerlas para deleitarse del paisaje que las acoge, aunque es también agradable un paseo por sus calles rectas, muy planificadas – como es normal en una bastida –, y meterse por las galerías del Bastión de Contraminas, que puede ser muy divertido si visitáis este lugar con niños – e incluso sin ellos.



Navarrenx es, a mi modo de ver, un delicioso aperitivo de lo que nos puede esperar en el resto del territorio bearnés junto a las demás bastidas entre las que se encuentran la de Orthez, Salies-de-Béarn y Sauvaterre-de-Béarn que claro, y sin ninguna duda, espero poder visitar en un futuro. Y, sobretodo, Navarrenx es un espectáculo, tanto cuando llegas como cuando te marchas, porque la imagen que te despide al descender la cuesta que salva la altura de la muralla es también un regalo para la vista.


 
MÁS INFORMACIÓN

Navarrenx forma parte de la red Bastides 64 que quiere poner en valor las bastidas del departamento de los Pirineos Atlánticos: www.bastides64.org
Podéis también dirigiros a la página web: www.tourisme-bearn-gaves.com, además de www.tuescapadaverde.com, o www.pirineosatlanticos.com.  




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