Tronchón y Casa Matilde | El buen hacer del pueblo

Las tierras del Maestrazgo turolense son tierras duras, tierras difíciles, de una orografía complicada y un clima severo que marcan el carácter de las gentes. Sus montañas escarpadas, de laderas cortantes y esa vegetación casi de subsistencia, que pinta de un verde pardo toda la superficie, son el lienzo donde aparecen pintados pequeños pueblos hechos de piedra, sufrimiento y supervivencia. Supervivientes son también las gentes que habitan estas tierras, las pocas gentes que todavía tienen el valor de seguir viviendo en un lugar donde la comunicación es difícil, por la dificultad de acceso por carretera y también porque las compañías de telecomunicaciones parecen no estar interesadas en ese pedazo de territorio aragonés. Aun así, el Maestrazgo turolense es un tesoro de rasgos duros, pero también amables, tesoro que tiene como joya de la corona el carácter de sus gentes, alegres a pesar de todo.


No es que sea la primera vez que vayamos al Maestrazgo, ni mucho menos. Por su situación de vecindad con nuestra tierra norteña de Castelló es una comarca a la que solemos ir de tanto en cuanto: Cantavieja nos encanta, Mirambel nos fascina y Tronchón nos llama como un canto de sirena constante al que tarde o temprano acabaremos sucumbiendo. Y eso es lo que sucede el 1 de enero de 2017, que la tentación nos gana y nos vamos a Tronchón. La excusa no es solo que en el lugar se fabrique un queso tan bueno que hasta Miguel de Cervantes habla de él en su celebérrima obra Don Quijote de la Mancha, sino que en el lugar existe algo llamado Casa Matilde donde dicen que se come de escándalo, por lo buena y copiosa que es la comida. Y es así como el primer día del año, y tras haber dormido escasas 4 horas, ponemos rumbo a este pequeño pueblo turolense con los últimos compases del Concierto de Año nuevo como banda sonora. Subir el Port de Querol es ya todo un ritual en nuestras vidas, ritual que debemos seguir si queremos adentrarnos en las bellas y difíciles tierras que hay un poco más arriba de nuestros pueblos. Salvado el puerto, aparece ante nosotros la magnífica Morella y después de ella cometemos el error de seguir las indicaciones del GPS – en vez de seguir nuestra intuición – que nos lleva por la ruinosa carretera que va desde la Todolella hasta Olocau del Rey. Pasadas las 13.00h la carretera sigue estando helada, y lo seguirá estando todo el invierno, hasta que el sol caliente más allá de las 4 de la tarde. Esto, junto con las curvas y el mal estado del firme - ¿quién se acuerda de estas pobres gentes? – hace que el trayecto sea un verdadero tormento, aunque el paisaje sea bien bonito y la perspectiva que se tiene del pueblo de la Tolodella con el castillo dominante en lo alto merezca mucho la pena. Después de unos kilómetros tormentosos, llegamos a Olocau del Rey y desde él nos vamos hasta Tronchón, trayecto que es un poco más agradable, pero por comparación con el anterior. Apenas 10 km después llegamos al famoso pueblo quesero y tenemos la decencia de aparcar fuera del casco urbano que está catalogado como histórico-artístico. Cruzamos una especie de portal que resulta ser una vivienda y comenzamos a bajar una calle, dirección al campanario, sin tener ni idea de donde están Matilde y su casa, y con un hambre de mil demonios porque son ya casi las tres de la tarde y solo llevamos agua en el cuerpo. Después de dar algunas vueltas por las calles, subir y bajar varias cuestas, acabamos encontrando en la Calle Mayor una casa blanca que hace esquina de la que sobresale un cartel que nos señala que allí está nuestro destino. Desde la calle se escuchan sonidos de cocinas, gentes conversando y cubiertos repicando sobre platos y fuentes de comida. Yo me quedo mirando sin encontrar la puerta para acceder al restaurante, pero Juanjo, que es un hombre previsor, se acerca a una cortina metálica, de esas que había en mi casa años atrás, y se mete a través de ella y aparecer en un pequeño pasillo de lo que parece una casa de pueblo que bien podría ser de mi abuela. Después del pasillo, un montón de gente apiñada en una pequeña sala y algunos comiendo en una mesa redonda, viendo la televisión y conversando tranquilamente. Nos hemos equivocado, esto es una casa particular, pienso extrañada. Pero escuchamos el nombre Matilde y unos metros más allá un salón que parece ser un restaurante.

Al final de la calle, a mano derecha, se encuentra Casa Matilde

El edificio que alberga el restaurante y con la puerta de entrada - tras una cortina metálica - en la sección derecha de la imagen.


 En esos momentos no entendemos nada, pero cuando vemos pasar una señora que tiene pinta de camarera le preguntamos si podemos comer: ¿Tenéis vez? Nos dice. Pues no señora, acabamos de llegar. Esperad que voy a preguntar si abajo hay sitio. Nos quedamos allí plantados, observando a las demás gentes que están también plantadas, pero sobre todo a aquellos que están sentados comiendo y a los que parece que nuestra presencia les pasa desapercibida. Un par de minutos después regresa la señora: Ahora no hay sitio, a ver ¿qué hora es? Estira el brazo y echa un vistazo a su reloj: Son las tres… venid sobre las tres y media si queréis comer. Dad una vuelta por el pueblo mientras. Aceptamos el trato, tanto nos da pasear antes como después, aunque nuestros estómagos hace rato que se están quejando de la poca atención que les estamos prestando. Salimos a la calle y nos miramos y comenzamos a analizar la jugada; ¿cómo puede ser que sea ese lugar el restaurante? Menos mal que lo habías mirado antes, le comento a Juanjo, y me va explicando todo lo que ha leído respecto al lugar: que si algunos dieron miles de vueltas a la manzana sin comprender donde era y acabaron marchándose, que otros se atrevieron a pulsar un timbre y acertaron, algunos tenían mesa reservada pero allí tanto da que reserves como no… Esa última parte yo ya la conocía, aunque el día anterior un colega nuestro que sabía de la existencia del lugar – y en el que ya había estado – nos dijese ¿Pero habéis reservado? No comeréis sino… Como no tenemos prisa, caminamos y conversamos por esas calles tranquilas, tomando el camino que lleva hasta la Ermita del Tremedal, aunque solo lleguemos – y de forma no deliberada – hasta la primera cruz que encontramos. Desde allí, y habiendo pasado un cuarto de hora, decidimos regresar al pueblo y dar una vuelta más a la manzana, no sin dejar de alucinar con lo que acabamos de vivir. A siete minutos de que sea la media en punto entramos otra vez en el restaurante, a ver si hay suerte, y nos metemos de nuevo en ese salón en el que todavía están las mismas gentes comiendo y disfrutando del bello placer de conversar. Sentaros en el sofá - nos dice uno de ellos -, esperaréis mejor. Les damos las gracias y les deseamos un buen provecho y nos sentamos más extrañados, aún. A los pocos segundos una señora menuda, muy menuda, con ojos pequeños pero alegres se centra en la única mesa de la sala y después nos mira a nosotros, sonriente. Los comensales le dicen que estamos esperando para comer y que nos han dicho que nos sentemos. La señora menuda – que por las señas que teníamos comprendemos que es Matilde – nos dice, risueña:  Sí, sí. Esperaos aquí que en la calle hace frío. Asentimos y seguimos esperando.  Yo me considero una persona curiosa – pero no entrometida – e inevitablemente acabo por centrarme en la conversación de los comensales, conversación que me lleva a deducir, tras escuchar Pídele a la tía Matilde lo que quieras, que aquellos quienes están comiendo allí mismo son familiares de la famosa anfitriona turolense. Ya no sé si es que las pocas horas de descanso me están pasando factura o es que verdaderamente estoy en el salón de la casa de una señora esperando a comer en su restaurante mientras sus familiares gozan de la comida de Año Nuevo. A la media y poco aparece la misma señora de antes y nos dice que podemos pasar, nos señala la mesa en la que vamos a sentarnos y asegura que en un minuto está con nosotros. Y así es, tras un par de minutos nos pide las bebidas: una Coca-Cola para Juanjo y una botella de agua bien grande para mí – y no es por resaca de la noche anterior, palabrita. ¿Vais a querer queso y jamón?  Pero qué preguntas ¡Claro! Estamos hambrientos. Perfecto, sale enseguida. Una cestilla con pan que me tienta y acabo comiendo con la recomendación de Juanjo de fondo: No te lo comas, no terminarás lo que te saquen. Yo le contesto que no va a ser para tanto, hasta que nos sacan la fuente con jamón y queso, y una ensalada de tomate, que no sé si son tomates lo que hay allí cortados o rodajas de sandía.



Comemos el queso, de Tronchón, claro está, y el jamón, de Teruel, por supuesto, y también el delicioso tomate regado con aceite de oliva, y algunas rodajas de pan, aunque nos parezca que no debamos hacerlo. Mientras, regresa la camarera ¿Qué queréis para comer? Y nos suelta la a modo de ráfaga todo el arsenal culinario que Matilde esconde en su polvorín: garbanzos con ajoaceite, alubias con perdiz, sopa de cocido, melón con jamón, ensalada de espárragos, y nosécuantascosasmás. Yo me decanto por la sopa y Juanjo por los garbanzos. De segundo tenemos, y prosigue: carrillada de cerdo o ternera, pollo picantón, rabo de toro, solomillo con salsa de almendras y un largo etcétera de comidas contundentes que nos encantan. Solomillo, dice Juanjo; Rabo de toro, elijo yo. El rabo de toro es la especialidad de la casa, me dice la camarera. Le contesto que perfecto, y se marcha. La mesa de al lado, mientras, y más adelantada que nosotros en eso de comer, engulle ya el segundo plato que es de pollo picantón y Juanjo decide cambiarlo. Sin problema, le responde la señora.
Continuamos comiendo nuestros entrantes que casi podrían ser una comida y tras ellos vienen los primeros platos. Unos primeros platos que consisten en una fuente gigante de garbanzos y una sopera con ración para 5 que espero me sirvan en el plato y se la lleven de nuevo a cocinas. La camarera deja la fuente sopera en la mesa y sentencia, de forma grave: Si queréis más, me lo decís y os lo traigo. Me quedo flipando: ¡¿pero todo esto es para nosotros?! La cara de Juanjo es un poema y la mía no debe ser muy diferente de la suya. ¿Pero cómo vamos a querer más? ¡Si con esta fuente de sopa en mi casa comemos cuatro! Tras la estupefacción nos armamos de valor y comenzamos a engullir esos garbanzos que están sabrosísimos acompañados de un ajoaceite casero y muy bueno, y de una sopa de cocida que es verdaderamente reconfortante. La comida transcurre de forma muy agradable, en parte porque en Tronchón el tema telecomunicaciones es algo delicado, hecho que se traduce en nula cobertura telefónica, aunque voy a seros sincera: se agradece que en esta era de la hipercomunicación un lugar como éste nos permita liberarnos de la cárcel del teléfono móvil. Y en este ambiente familiar y distendido, tan agradable que acaba embriagándote, nos terminamos el plato de garbanzos y dejamos bajo mínimos la sopera, sopera que compartimos como también lo hacemos con los garbanzos – y cómo hacemos siempre – para así probar los dos todos los platos.



Nos damos cuenta que nuestros estómagos están llegando al máximo de su capacidad, y pensar que todavía nos queda un segundo plato, y que éste va a ser el plato fuerte, se nos presenta como una tarea complicada, casi imposible. La camarera aparece en breve con los platos que nos darán la estocada de muerte: el picantón considerable y una fuente con un rabo de toro que me creo que aquello sea de toro, por su tamaño me parece que es de elefante. ¡Madre del amor hermoso! ¡¿Pero cómo nos vamos a comer todo esto?! Nuestros rostros pasan de la estupefacción al puro terror pero, ¿a qué hemos venido? ¡A esto!¡A las armas! Tenedor en mano me acerco temerosa al pedazo de carne que hay ante mí. El cuchillo me acompaña en la otra mano pero lo dejo rápidamente: el rabo de toro está tan tierno que cede sin ofrecer nada de resistencia a la acción del tenedor y, tras meterlo en la boca, se deshace de una manera exquisita. Sí que es especialidad, sí, vaya delicia. El picantón no es para menos: tierno, crujiente, sabroso. Delicioso. Me doy cuenta que aquello es un verdadero manjar, pero me doy cuenta también que no voy a poder terminar con toda aquella comida, y eso me apena. Juanjo se atreve con un pedazo de pan, pero por primera vez dejamos la cestilla con gran parte de las rebanadas dentro. El picantón va disminuyendo, el rabo de toro también, pero esta vez el toro va a ganar la lucha y tumbará a mitad del plato. Juanjo termina con el picantón e intenta ayudarme con el toro, pero él también se da por vencido y esto, señoras y señores, es un caso excepcional.



En ese momento miramos el reloj; llevamos más de una hora comiendo, de hecho, son casi las cinco de la tarde. Aparece ante nosotros otra camarera y nos ofrece postres y café: cuajada natural, cuajada de turrón… Y ya no sé qué viene detrás porque le pido una cuajada natural, y Juanjo otra, aunque luego la cambie por una de turrón. Se apunta además un par de cortados y ya estaremos servidos. Vienen las cuajadas, caseras, sabrosas. Para nosotros la cuajada es uno de los mejores inventos de la historia culinaria mundial – y sin exagerar. Si pudiésemos, nos alimentaríamos solo de cuajadas, y aquéllas merecen estar en el pódium. Los cafés llegan y nos los tomamos, sintiéndonos un poco mal porque somos los únicos que quedamos en la sala - ¿a quién se le ocurre estar comiendo todavía a las cinco de la tarde? Nos levantamos para pagar, la señora del principio nos dice que ahora llama a Matilde, que nos cobra enseguida. Acabamos en un pequeño cuarto que es una tienda de comestibles de pueblo, muy de pueblo, y aparece de nuevo esa señora risueña de antes. Nos cobra los menús y compramos un par de quesos de Tronchón, mientras nos ponemos a conversar:
    -          ¿Habéis estado de ruta por la zona? – nos pregunta.
-          Bueno, no, en realidad subíamos a comer.
-          ¿De dónde sois?
-          De Traiguera – contesta Juanjo.
-          ¡Anda! Traiguera… sí, sí, lo conozco. Fulanito de tal son de aquí.
-          Sí, lo sabemos, de hecho…

Y seguimos hablando de su pueblo y el de Juanjo y de las personas en común, hasta que Juanjo le dice: ¿Te importa que nos hagamos una foto? Matilde ríe y entre risa y risa dice ¿Una foto? ¡Voy a romper la cámara!  Y sale de detrás del mostrador. Entonces me mira, y sentencia: Madre, con lo grande que tú eres y lo pequeña que soy yo, vamos a parecer la ele y el punto. Estallamos en una carcajada a tres voces y nos hacemos la foto, dándole las gracias por todo y prometiéndole que vamos a volver, pero acompañados, de la cuadrilla, apostilla ella.

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Casa Matilde es una gran excusa para visitar Tronchón pero, como ya hemos dicho al principio, este pequeño pueblo en el que no viven ni 100 personas es conjunto histórico-artístico en el que puedes encontrar lugares como la Ermita de Santa Bárbara que fue antaño un portal. Y es que Tronchón tiene la tipología urbanística de Castillo, con la iglesia y el recinto amurallada que hoy en día lo encontramos muy diferente a como fue en sus inicios pero en el cual podemos encontrar casonas señoriales, calles estrechas y casas de piedra muy bien conservadas, que no han sufrido los daños de la modernidad por gracia – y desgracia – del aislamiento y la malas comunicaciones.


Ermita de Santa Bárbara

Entrada al pueblo , donde se aprecia el antiguo portal.
El mismo portal pero desde la parte interior a la primitiva fortaleza.


En el centro de esta pequeña villa de origen templario encontramos la Plaza Mayor porticada que mezcla los estilos gótico y renacentista, plaza que alberga una casa consistorial – llámese también Ayuntamiento – enorme o una iglesia con una torre magnífica. Además, en esta misma plaza se puede ver – y visitar – la cárcel además de tener un bello empedrado de adoquines que dibuja filigranas en piedra medieval.



La cárcel.


Y seguro que os estáis preguntando cuánto nos costó el menú, y os lo vamos a decir de seguida:
·         1 agua grande
·         2 Coca-Cola
·         Entrantes (jamón, queso y ensalada de tomate)
·         Dos primeros platos
·         Dos segundos
·         Postres
·         Café
o   20 € por cabeza

Ahora sí, si queréis disfrutar del menú, id con hambre… mucha hambre.




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