Le Havre | La belleza de lo inesperado


Es nuestro último día en Normandía y nos queda un lugar por visitar: Le Havre. Ciudad duramente castigada en la Segunda Guerra Mundial, Le Havre fue declarada Patrimonio Mundial de por la UNESCO en el año 2005, y queremos descubrir porqué.


Después de cuatro días magníficos en Francia llega la hora de nuestra marcha, pero todavía tenemos una mañana por delante y queremos aprovechar las últimas horas que nos quedan en Normandía para visitar la ciudad que nos ha acogido: Le Havre.

Las opiniones sobre el lugar que se han ido vertiendo sobre nuestras conciencias no son para nada positivas; algunos de nuestros amigos que la han visitado con anterioridad dicen que es una ciudad más, que no tiene nada reseñable. Quienes allí habitan – mi hermano en concreto – dice que debe ser la ciudad más fea de Francia. No será para tanto, pienso yo, mi hermano es un exagerado. El juicio que hace sobre la ciudad se basa, sobretodo, en su historia y en la rabia que siente por los acontecimientos que tuvieron lugar a mediados del siglo XX. Sí,  Le Havre fue totalmente destruida en el conflicto de la Segunda Guerra Mundial:

A principios del mes de septiembre de 1944 la ciudad de Le Havre fue duramente bombardeada por las tropas aliadas, acabando con gran parte de las construcciones de la ciudad. Desde la estación de tren se podía ver el mar, no quedaron en pie ni las barandillas de la playa. Se quiso hacer con este lugar una especie de tabula rasa y se dice de esta ciudad que es una mártir de la Segunda Guerra Mundial: de los 160.000 habitantes de la ciudad 5.000 fueron asesinados y 80.000 se quedaron sin hogar. Las 150 hectáreas del centro histórico fueron totalmente destruidas y desaparecieron 12.500 edificios.

http://unesco.lehavre.fr/es



Teniendo en cuenta estos acontecimientos no es de extrañar que el sentimiento de rabia nazca de las entrañas de quienes habitan esa ciudad, aun no siendo ellos oriundos de Le Havre. Y sí, es cierto, ese sentimiento aparece cuando piensas en todo esto, pero también piensas que debes darle una oportunidad a la ciudad, y eso es lo que hacemos.

Nuestra primera parada un frío viernes de enero – 0º C, ni frío ni calor – es la Plaza del Ayuntamiento. Allí encontramos concentrados algunos de los edificios que forman parte de la reconstrucción de la ciudad de Le Havre, ideados por Auguste Perret, y que tienen como característica principal el uso del hormigón, la regularidad en las construcciones, el uso de elementos prefabricados y el recurso sistemático de la trama modular. Sí, es cierto, todos los edificios del centro de Le Havre – el antiguo centro histórico – son muy parecidos: poca altura, colores grisáceos, ventanas y balcones iguales. Sí, es así, pero cuando los veo a mí, personalmente, me gustan. No tanto a Juanjo, que se alía con mi hermano en contra de la arquitectura de Le Havre. Entre acusaciones de poca sensibilidad arquitectónica por mi parte y reproches en contra de mis criterios artísticos por la suya llegamos al Ayuntamiento, un edificio de hormigón del que, según mi hermano, puedes descender haciendo rappel y que por las noches con la iluminación – y junto al resto de edificios de la plaza – es realmente bonito. Bueno, ya hemos encontrado algo positivo…




El Ayuntamiento


 De la Plaza del Ayuntamiento nos dirigimos ahora hasta El Volcán, un edifico construido en el año 1982 bajo las órdenes del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer y que alberga un centro cultural con cines, teatros, salas de conciertos, biblioteca… La construcción es verdaderamente impactante, de un color blanco que se funde con el ambiente gélido de las mañanas invernales normandas. El espacio interior en el que se encuentra la biblioteca es un lugar cálido, moderno y acogedor. Ya querríamos muchos tener bibliotecas así en nuestras ciudades… Al salir de la misma  emito mi juicio sobre el lugar dándole una puntuación muy alta y Víctor asiente: , me dice, este lugar es impresionante, y la sala de conciertos inmejorable. Vaya, otra cosa positiva…





 Desde El Volcán caminamos ahora hasta la Iglesia de San José -  última obra de Perret –, de la que dicen es el verdadero símbolo de renacimiento de la ciudad. Yo, que la he visto antes en fotos y en algún que otro reportaje, tengo una opinión preformada: me parece horrible. Sí, he de confesarlo, voy a verla por si es tan fea como se ve en las imágenes y sí, he de decir que el exterior me parece un horror, y no quiero ni imaginarme que habrá dentro. Pero como no quiero imaginármelo voy a comprobarlo por mí misma junto al escéptico de Juanjo y al no practicante havriano Víctor. Abrimos las puertas y ¡boom!, se hace la magia. ¿En serio? ¿Pero esto es lo mismo que se ve desde fuera? Si no me dicen que aquello es hormigón no me lo creo, ¡qué va! La torre-linterna central de la iglesia es inmensa, mastodóntica – mide 110 metros de altura –, pero muy elegante. Las vidrieras me parecen preciosas, y eso que son pedacitos de cristal dispuestos de un modo demasiado geométrico para mi gusto, aunque allí quedan divinos. Pero estas vidrieras tienen un secreto: son obra de una mujer, Marguerite Huré. Según explican en la misma iglesia, se pretendía que esta tuviera unas vidrieras delicadas y elegantes y es esa la razón por la que las hizo una mujer. Y sí, es horrible que sea una excepción, que sea algo extraordinario, el hecho que una mujer participe en una construcción como ésta. Los nuevos en Le Havre – J.J y una servidora – quedamos prendados del interior de la iglesia y el otro, que lleva allí medio año residiendo, confiesa que  las veces que había estado allí – y tampoco son demasiadas – nunca había percibido la luz como ese día. Habremos tenido suerte, pero otra cosa positiva a la saca…










Desde la iglesia de San José nos vamos a la playa pasando antes por el mercado - ¿cómo no voy a visitar el mercado? -, lugar en el que suena Deep Purple y venden naranjas de Almenara. Hasta la playa nos espera un breve paseo durante la duración del cual seguimos comentando los pros y los contras de la ciudad y yo encabezada en defender que no es tan fea y que, en cierto modo, me recuerda a Berlín. Cuando digo esto Juanjo casi cae de culo y mi hermano me mira con cara de què m’estàs contant?!, pero me explico: tal vez el ambiente frío, tal vez la sensación de destrucción y de renacimiento, tal vez el tipo de construcción… Puede que estos factores sean los que me hagan rememorar, de algún modo, nuestro paso por la capital alemana, no hay nada de malo en ello, ¿verdad?

Al llegar a la playa y al paseo marítimo nos encontramos con un horizonte marítimo infinito y una playa llena de piedras blancas. Por lo que nos explica nuestro guía particular, aquello en verano está de lo más animado, y allí está también el skatepark más grande de toda Francia. Nos explica también que si nos fijamos en los edificios que hay en frente de la playa veremos cómo se asemejan a una puerta, y eso es lo que quieren representar, la puerta de entrada a la ciudad para todos aquellos que llegan a Le Havre por mar – y que son los más gracias a los cruceros. Yo en esos momentos digo que esa playa me parece una pasada, y Víctor me contesta: sí, en realidad está muy bien. Otro punto positivo…



La Puerta del Oceano

Una playa infinita

La hora de ir al aeropuerto se va acercando y tenemos que regresar al piso para recoger todos los trastos e irnos hasta Beuavais, pero antes de ello caminamos por la avenida principal de Le Havre, avenida que nos hace ser conscientes de una cosa fundamental en la ciudad: la amplitud de sus calles y la luz que hay en ellas. Apunto, en esa discusión debate sobre la belleza-fealdad de la ciudad normanda más poblada, que debe seguir esa regla que dice: el alto de las casas no puede ser mayor que el ancho de la calle. Víctor me da la razón de nuevo y me dice que si algo tiene Le Havre bueno es la amplitud de sus calles y la sensación de libertad que te da caminar por ellas, ya que en todo momento es el cielo, sin edificios que obstruyan la visión.  Esta vez soy yo la que asiente y pienso, bueno, no todo está perdido, otro punto positivo…

 
En la imagen se puede apreciar la poca altura de las casas y lo ancho de la avenida.

 Nuestro tiempo en Francia llega a su fin y tenemos que marcharnos de Le Havre sin haber visitado lugares como el MuMa o el Museo de Historia Natural. Pero bueno, no pasa nada, seguro que volveremos en un futuro no muy lejano porque a pesar de las opiniones vertidas por el resto, a mí Le Havre sí me ha gustado. Me llevo de ella la sensación de ser una ciudad acogedora, abierta y vital, muy cómoda para vivir y con mucho que ofrecer.

MÁS INFORMACIÓN

La web de la UNESCO que habla sobre la ciudad ↦ http://unesco.lehavre.fr/es
De la página oficial de turismo de la ciudad ↦ http://www.lehavretourisme.net/es/
También encontraréis información en france.fr

Y un vídeo que muestra la ciudad antes, durante y después de los bombardeos.


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