Los Pobres en Euskadi | Artxanda, San Mamés y un txuletón de despedida.


Es nuestro último día en Bilbao y nos queda algo importante que hacer: subir hasta Artxanda, ir a San Mamés y comer txuletón. El día 4 de Los Pobres en Euskadi va a ser completito…


Como todas las mañanas, nos aseamos y nos vamos a desayunar. Nos vamos a desayunar tortilla de patata, claro está. Tortilla de patata carbonara. La perfección existe.





El buen comer, la buena vida. Esas calles preciosas del ensanche bilbaíno. Aire puro y cielos inmensos. Bilbao es verde, es sabor, es brisa marina lejos del mar. Y qué apenada estoy si pienso en que éste va a ser nuestro último día en la capital vasca. Pero no me resigno a disfrutar mi última jornada en Bilbao, que es también triste por saber que son pocas las horas que nos quedan con nuestra amiga Anna, que en poco tiempo va a marchar lejos y no sabremos cuando volveremos a verla, más allá del día de su boda.

Anna y el Ensanche bilbaíno




Ciudad de bellos constrastes

No puedo dejar de admirar la arquitectura del Ensanche, esos edificios aristocráticos, majestuosos, elegantes, plantados como señores chulescos. No puedo dejar de admirar, tampoco, como el contraste arquitectónico en Bilbao luce tan bonito. Las torres Isozaki, otro de los símbolos del Bilbao contemporáneo, me tienen fascinada. Cruzamos de nuevo por el puente Zubizuri para dirigirnos hasta el Campo Volatín y poder tomar así el funicular para subir hasta Artxanda.




Anna y Juanjo sobre Zubizuri. Detrás, las torres Isozaki



El funicular de Bilbao lleva subiendo hasta Artxanda a 5 metros por segundo desde 1915, exactamente desde el día 7 de octubre de ese mismo año.

Los vagones del funicular funcionan como contrapeso mutuo, subiendo y bajando a la vez los dos.

La pendiente máxima por la que transita el funicular es de casi un 45%.


Utilizamos de nuevo la Barik, ya que el funicular está integrado en el transporte urbano de Bilbao y esperamos a que comience el viaje. El funicular arranca y la subida empieza; aquello está más empinado de lo que esperábamos y a mitad del camino vemos como se acerca otro funicular. ¿Es que vamos a chocar? No, claro… el contrapeso. Nos cruzamos con el otro convoy que sigue su descenso y tras un par de minutos llegamos a la cima.





Artxanda es uno de los lugares más concurridos de Bilbao en fin de semana – así nos lo explica Anna. Lo era ya en el pasado, época en que las gentes se desplazaban hasta lo alto del monte para disfrutar de horas de ocio y divertimento paseando, charlando, disfrutando de la vida. Esto fue así hasta que estalló la terrible Guerra Civil Española y Artxanda se convirtió, en 1937, en un campo de batalla por la defensa de Bilbao. Gudaris y milicianos hicieron todo lo posible para que la ciudad no fuese tomada por los sublevados. En honor a quienes lucharon por la libertad y por la defensa de la ciudad podemos hacer en el monte una ruta de la memoria de apenas 900 metros que va desde la estación superior del funicular hasta la ermita de San Roque que  se encuentra en un montículo, lugar que durante el conflicto se llenó de trincheras. A la Ruta de la Memoria se le une la escultura Aterpe, de Juan Novella, erigida en el año 2006 que quiere recordar a todos aquellos que lucharon contra el fascismo y por la libertad.







Aunque si una sube a Artxanda es para disfrutar de las vistas que se tienen del Botxo, que es como cariñosamente llaman los bilbaínos a su ciudad por estar metida en una especie de agujero rodeado de montañas. Y es que botxo se traduce como hoyo y es desde ahí arriba del lugar que mejor podemos apreciar esa particularidad de la capital vizcaína, además de darnos cuenta que Bilbao está hecha a escala humana; sus dimensiones son las justas y necesarias para que la gente pueda vivir bien.




Tomamos de nuevo el funicular y descendemos por la ladera del monte Artxanda en un viaje que para el primerizo es algo vertiginoso porque, con el descenso, la pendiente es mucho más evidente.



Continuamos con la ruta hasta la hora de comer – hemos reservado en un restaurante a las 3 – y pasamos, de nuevo, por el Guggenheim, y me doy cuenta de lo maravilloso de esa estructura  que es capaz de cambiar ella según cambia el ambiente. Creo que no he visto el edificio de igual modo ninguno de los días en los que he pasado por su lado – que son todos los que he estado en Bilbao.



Queremos ahora ir hasta la Universidad de Deusto. Me encanta visitar universidades, es una obsesión que me supera. Yo no sé si a vosotros os pasa esto, pero cuando visito una ciudad y hay en ella una universidad importante siento la necesidad vital de hacerle una visita y además, ésta, tiene un atractivo añadido, y es que en Deusto fue donde comenzó a estudiar José Ortega y Gasset. Para llegar a ella debemos cruzar la Pasarela Padre Arrupe desde la cual la noche anterior vivimos uno de los mejores atardeceres de nuestras vidas y desde el cual, a plena luz del día, las vistas son igual de fantásticas.


La visita a Deusto no es casual, y es que el campus fue declarado Monumento Histórico en 2002. El Edificio central, el más importante de la universidad, es una obra de estilo clasicista y alberga una capilla gótica – pensemos que es privada y perteneciente a los Jesuitas -, un claustro que hoy está cubierto – será que en Bilbao llueve – o una gran escalinata central que te deja ojiplática.





Otro de los edificios importantes de la Universidad de Deusto es el Edifico de la Comercial, una obra neoclásica de gran belleza. Pero de las mejores cosas que hay en esa Universidad son los metros y metros de espacio verde que la rodean, y es que oigan, yo siempre he pensado que en un edificio bonito con un entorno agradable se aprende mucho mejor.




Continuamos nuestra ruta para acercarnos ahora hasta el Parque de Doña Casilda, el parque más emblemático de Bilbao. Este espacio de verde y agua se encuentra paralelo a la Gran Vía y es un lugar – otro de tantos – en los que pasear y descansar no se hacen, para nada, tareas complicadas.





Desde Doña Casilda subimos un poco hasta llegar al Palacio de Congresos y de la Música Euskalduna, edificio obra de los arquitectos Federico Soriano y Dolores Palacios, inmueble que tiene forma de barco varado. No es casual que el edificio se dé un aire marítimo, ya que fue construido sobre los terrenos del antiguo astillero Euskalduna.



Desde el Euskalduna se ve perfectamente La Karola, esa grúa roja, enorme, despampanante. Tan despampanante como la mujer que pasaba por el astillero y hacia detener a todos los operarios que se embelesaban con su belleza. Y del nombre de la mujer, y en recuerdo de ésta, se bautizó a la grúa como Carola.



La grúa forma parte de los elementos expositivos del Museo Marítimo de la Ría de Bilbao, que se encuentra ubicado en las antiguas dependencias del astillero Euskalduna. Allí, varadas, descansan distintas embarcaciones entre las que se encuentra la gabarra del Atlethic con la que jugadores y aficionados del club bilbaíno celebran las victorias navegando por la ría.



La gabarra del Athletic


No es casual que la gabarra se encuentre en este lugar, ya que unos metros más arriba se encuentra el Estadio del Athletic Club de Bilbao. Como Juanjo es bien futbolero – y rabia le da que no hubiese partido esa semana – decidimos acercarnos, y menudo error hubiera sido no hacerlo. San Mamés, que así se llama el campo, es conocido también con el sobrenombre de La Catedral y es uno de los estadios de fútbol más míticos a nivel internacional. El edificio que vemos hoy en día es de nueva construcción y armoniza perfectamente con la estética de la ciudad.




A mí, que los campos de fútbol ni fu ni fa, este edifico me sorprende y es por ello que decidimos acercarnos para darle un rodeo. Además el día anterior nos habían dicho que en San Mamés hay un bar desde el que se puede ver el campo, por lo que buscamos la entrada. Encontramos una puerta abierta tras la cual suben unas escaleras pintadas de rojo y negro, y sí, son las que te llevan al bar, que no es bar sino restaurante. Pues es verdad, desde el restaurante se ve el campo perfectamente, campo que tiene una singularidad: las distancias entre el graderío y el campo son las mínimas permitidas, para que así la afición esté lo más cerca posible del terreno de juego. Ésta era una de las características esenciales del antiguo San Mamés, característica que se ha querido conservar en la nueva edificación, porque si algo hace famoso al Athletic más que el propio club son los aficionados que se vuelcan en cada partido. Si el encuentro es en la ciudad las zonas aledañas al estadio se convierten en ríos y ríos de gente vestidos con la camiseta de su equipo, y sí el partido es fuera, da igual, porque los bares – como veremos esa noche – sacan las banderas del club a la calle y la gente se reúne para ver el encuentro entre pintxos y txakolí.





Visitado San Mamés vamos en busca del tranvía para desplazarnos hasta el restaurante donde comeremos, no sin antes advertir que delante del campo de fútbol tenemos las instalaciones de ETB,  la televisión vasca, y un poco más arriba los edificios de la Universidad del País Vasco.

Hasta el restaurante llegamos en un pispás y ya nos están esperando. Txakolí, anchoa del cantábrico, espárragos, txuletón… Estamos de despedida y vamos a hacernos un homenaje a nosotros mismos y a nuestra amiga Anna, nuestra pequeña Anna, que se nos casa y se nos va (Anna, això no se fa).





Después de comer decidimos irnos al Casco Viejo a tomar unas copas. Sí, un jueves por la tarde, porque una despedida a tres debe ser así. Destornillador y gintónics y Anna tiene que volver a casa, todavía le quedan cosas que preparar. Nosotros queremos exprimir las horas que nos quedan en Bilbao y dar un último paseo por el Casco Viejo – y bajar el txuletón. Conseguimos, por fin, meternos en la Catedral – hasta ahora la habíamos encontrado siempre cerrada –, pero están dando misa y no hacemos ninguna foto. De la catedral volvemos a la Plaza Nueva y de ella a la de Unamuno en la que encontramos un busto del filósofo vasco que vivió muy cerca de este lugar, en la calle de la Ronda. He de confesaros que el primer día quise hacerme una foto con Unamuno, pero su busto se encuentra en lo alto de un pedestal y mi gozo quedó ahogado en un pozo, y muy profundo. Seguimos caminando y queremos ir hasta Begoña, la basílica, pero nos equivocamos de escaleras – o eso nos parece a nosotros – y nos metemos en un barrio que no sabemos cuál es. Ahora bien, las vistas que se nos presentan ante nosotros de la ciudad con la torre de la catedral de Santiago sobresaliendo entre los tejados del Casco Viejo no tienen precio.


Descendemos para meternos otra vez entre las Siete Calles y el Casco Viejo, y el ambiente – hay fútbol esa noche – es grandioso. Gente en los bares, gente en las calles, qué maravilla de ciudad. Entre paso y paso escucho un Marina?! Què fas aquí?! Y yo me quedo extrañada. ¿Están llamándome a mí? Cuando consigo ubicarme me doy cuenta que quien está diciendo mi nombre es una de mis grandes amigas de los años de instituto a la que hará como una década que no veo. ¡No puede ser! Pienso en alto y muy fuerte. Abrazo grande, charla fugaz y puesta al día rápida. Nuestro viaje a Bilbao no podía terminar de mejor manera.

 
Juanjo, Natalia y una servidora
 
Nos volvemos andando, a orillas de la ría una vez más, hasta la casa de nuestra amiga Anna. Al día siguiente nuestro tren sale pronto, muy pronto, y todavía tenemos que hacer las maletas y descansar. El viaje a Bilbao termina aquí, un viaje que suena a despedida – la de nuestra amiga – pero también a esperanza futura de volvernos a encontrar – y si no que nos lo digan a Natalia y a mí.  De Bilbao nos llevamos un muy buen sabor de boca, y no tiene nada que ver con la tortilla de patata. No solo nos llevamos el buen sabor de boca de Bilbao, sino de todo Euzkadi, territorio del cual nos llevamos a casa un grato recuerdo y al que le queremos hacer un reconocimiento enorme por saber resurgir de lo más profundo del abismo.


A las seis y poco de la mañana del viernes nuestro tren sale dirección Camp de Tarragona, y en la estación de Indalecio Prieto le decimos a Bilbao un hasta luego. Euskadi, volveremos.






MÁS INFORMACIÓN


La Ruta Memorial por Artxanda podéis descargarla pinchando aquí.
Los datos técnicos sobre el funicular, aquí.
Sobre el Museo Marítimo: http://www.museomaritimobilbao.eus


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